jueves, 26 de enero de 2017

La bienvenida

Norma Romero esperando a los migrantes montados en La Bestia. Fuente (y más información para ayudar)

Hojeando al azar un muy bonito libro de historia de Nueva York, me encontré con el soneto de Emma Lazarus que acompaña en una placa de bronce a la famosa Estatua de la Libertad. Me conmovió ver su caligrafía en esa hoja amarillenta (la imaginé calculando las ideas, las sílabas) y me entristeció un poco que no supiera la suerte que corrieron sus palabras, pues la placa se colocó en la estatua hasta 10 años después de su muerte. Dice:

El nuevo Coloso
No como el gigante de bronce de la fama griega
De conquistadores miembros a horcajadas de tierra a tierra;
Aquí en nuestras puertas del ocaso bañadas por el mar, se yergue
Una poderosa mujer con una antorcha, cuya llama
Es el relámpago aprisionado, y su nombre,
Madre de los exiliados. Desde su mano de faro
Brilla la bienvenida para todo el mundo; sus apacibles ojos dominan
El puerto de aéreos puentes que enmarcan las ciudades gemelas,
"¡Guarden, antiguas tierras, su pompa legendaria!" grita ella
Con silenciosos labios. "Dame tus cansadas, tus pobres,
Tus hacinadas multitudes anhelantes de respirar en libertad,
El desdichado desecho de tu rebosante playa,
Envía a estos, los desamparados que botó la ola, a mí
¡Yo alzo mi lámpara detrás de la puerta dorada!"*


No lo conocía y me sorprendió por varias razones: porque es hermoso, por el hecho de que sea de una poeta judía, y porque, según refiere el libro, fue el poema de Lazarus el que convirtió un simple ornato republicano en lo que la estatua significó para mucha gente después: un símbolo de protección y esperanza para "tus cansadas, tus pobres, tus hacinadas multitudes anhelantes de respirar en libertad" que llegaban a la costa norteamericana con la esperanza de construir una vida digna, lejos de la miseria y de la violencia. El libro refiere esto de Paul Auster: "El Nuevo Coloso reinventó el propósito de la estatua, convirtiendo a la Libertad en una madre acogedora, el símbolo de la esperanza para los marginados y oprimidos del mundo".

Y en medio de esta semana del mundo en llamas (y en la que, en mi esfera pequeñita, a mi seudopausa del mundo por fin llegaron los invitados incómodos: la soledad, la enfermedad, el miedo, las pesadillas), he pensado en el soneto, en la relevancia que tienen las palabras para mantenernos de pie, y en lo imprescindible que resulta el cuidado de las unos a los otras si queremos hablar de libertad. 

Cuidar ha sido, históricamente, "asunto femenino", y no porque esté en la naturaleza de las mujeres y esas jaladas: cuidamos porque se nos ha obligado a hacerlo, pero también porque somos las que sabemos cómo hacerlo, nuestra educación y socialización han girado en torno a ello. También lo hacemos voluntariamente porque somos conscientes de la ruina que sería el mundo si nadie más lo hiciera. Quienes han decidido responsabilizarse de la vida y comenzar a cuidar del resto habrán entendido que el amor –en su sentido más amplio, el de la simple y llana humanidad– implica reconocer lo que el otro necesita para existir, para crecer, para curarse, y ayudarle a obtenerlo.





Lo contrario del odio, de la violencia, de la voracidad ególatra que hoy nos ataca desde el imperio de la Trump Tower es justo lo que promete la señora de la antorcha en voz de Emma Lazarus: cuidar, proteger, dar refugio. Las feministas tenemos muy asumida la necesidad de aprender a ser madres de nosotras mismas y de nuestras mujeres cercanas; pero sobre todo la necesidad de ser, con las otras, con las desconocidas, como sería una madre: compasivas, generosas, honestas, protectoras. Y si vieran qué consuelo es hablar entre nosotras en las horas oscuras, si vieran qué posibilidades de pronto tiene la vida nada más por el hecho de escucharnos o de darnos un abrazo. 

No es feminismoidealistacursi, es de hecho una tarea ardua, y que no termina nunca.

Si más hombres (y las familias, las empresas, los gobiernos) no sólo se beneficiaran de los cuidados que las mujeres a su alrededor les prodigan, sino que decidieran replicarlo en sus otras relaciones... 
Si todas las personas asumiéramos que es indispensable para la vida ser, de una forma u otra, un refugio...

Como Las Patronas, para tanta gente.

Lo único que se me ocurre para lidiar con el horror que empieza a extenderse es eso: cuidar. 
Que nuestros oídos, nuestras manos, nuestras palabras; que nosotros seamos para las demás personas todas las bienvenidas que se nos están negando ahora. 






*The New Colossus

Not like the brazen giant of Greek fame,With conquering limbs astride from land to land;Here at our sea-washed, sunset gates shall stand A mighty woman with a torch, whose flameIs the imprisoned lightning, and her name Mother of Exiles. From her beacon-hand Glows world-wide welcome; her mild eyes command The air-bridged harbor that twin cities frame. "Keep, ancient lands, your storied pomp!" cries she With silent lips. "Give me your tired, your poor, Your huddled masses yearning to breathe free, The wretched refuse of your teeming shore. Send these, the homeless, tempest-tost to me, I lift my lamp beside the golden door!" 

-Emma Lazarus, 1883.

(Gracias, por cierto, a todas las personas que han cuidando de mí, cerca y lejos).




martes, 10 de enero de 2017

Agonalia: todo lo demás (no) es ruido


En la Agonalia de este año, Jano entreabrió una puerta que lleva directito a mi 1988. No sé por qué, supongo que de alguna manera nuestros años del presente, del futuro y del pasado discurren en vías paralelas, y a este cumpleaños le ha tocado el turno a la época en que yo tenía entre 8 y 9 años. 

Inspirada quizá en parte por Charlie Brooker y su playlist para San Junípero, pero sobre todo por Música de mierda, un ensayo magnífico sobre la música popular, la sensiblería y el clasismo subyacente a la jerarquización del buen y el mal gusto (una lectura que desde ya les prescribo a todos ustedes, zombis, sobre todo si les gusta la crítica cultural y/o artística, especialmente si son más bien snobs), me puse a repasar las canciones favoritas de cuando mi gusto musical era eso: gusto, placer, una nebulosa compuesta por lo que mis papás escuchaban, lo que mi hermana (y sus amistades) me descubrían y mis propias inclinaciones hacia ciertas expectativas, sensaciones y narrativas originadas no sólo en la música en sí, sino en el cine, la tele y los libros que engullía también. 

El resultado es esta playlist en Spotify que decidí regalarles a ustedes tres (3) lectores de este blog/ encantadora gente que llega aquí por azar desde el espacio exterior, etc., para que la escuchen mientras trabajan o se mueven por sus rumbos y así festejar mi cumpleaños de la forma más expansiva e invasora que existe: a través de los sonidos y los recuerdos.  No les pediré que lo aprecien: no se ofendan, pero no me importa si no lo hacen. Me parece un bonito ejercicio para autocelebrar mi paso por la tierra dejar que le pegue el sol a los cimientos de lo que todavía me conmueve, me divierte o me da pena-ajena-propia, de Creedence a Mecano vía Rocío Dúrcal, con una parada en el soundtrack de Beetlejuice.



Ojalá les divierta tanto como a mí y se animen a asumir sus propias historias sin tener que medirlas en  la limitada escala de lo cool, o que por lo menos les recuerde sus propios asuntillos de entonces. Y si no habían nacido, ojalá que sea mío el placer de presentarles sendas joyas como Lucía Méndez o The Art of Noise para que tengan de qué hablar con los desconocidos en las fiestas.

Porque como he vivido un poco apartada del mundo en estas semanas y ando, digamos, verborreica, extraje algunas de las canciones más significativas y amplié mi experiencia con ellas aquí abajo. Adelante, lean si lo suyo es el voyeurismo cursi y procrastinador. 


No están en orden de preferencia o importancia.




"Ahora te puedes marchar", Luis Miguel 



Nunca me gustó Luis Miguel. Su rostro me parecía entre leonino y ratonil,  su música era igual a la de los anuncios de Gansito Marinela –ese saxofón insistente– y me desconcertaba que siempre andaba enamorado de puras señoras (o viceversa). Pero esta canción era la favorita de mi maestra de 3º C, que por las tardes me preparaba lecciones en su casa para presentar un difícil examen de admisión. Mi familia y yo nos cambiaríamos de casa al año siguiente y, por ende, mi hermana y yo dejaríamos la escuela donde todomundo nos quería mucho para irnos a otra escuela de monjas, donde fuimos MUY miserables una buena temporada. No sabía lo que se venía: mis primeras desilusiones de la gente, de mí misma, del aprendizaje, de la religión, en fin... así que recuerdo como horas felices las de esa inocencia, cantando esta canción despechada a grito pelado junto a la miss Gloria, en el asiento del copiloto de su coche, sin cinturón de seguridad ni vidrios arriba ni seguros puestos ni nada que indicara que en el mundo había cosas malas.



"Dear Prudence", The Beatles




Los Beatles son mi equivalente personal a las citas citables de El Padrino, cosa que en la nueva escuela no apreciaron nada, pues solía decirles a las niñas que me caían mal "Eres como el Nowhere Man" o "Tienes cara de blue meanie". Y aunque gracias al amor familiar por los Beatles tengo un recuerdo para cada una de sus canciones, debo decir que la de ese entonces era "Dear Prudence", salida del White Album que mi hermana y yo escuchábamos obsesivamente esos días. Me gustaba mucho imaginar que invitaban a "la Prudencia"(es decir, a la virtud, no a "la muchacha") a salir a jugar. Y me gustaba ponerme melancólica a propósito, pues porque #NiñaEmo.



"Boogieman", Tahiti




Ya expliqué mi tormentosa relación con Los Verdaderos Cazafantasmas, "Both literally and figuratively", SNORT. Tanto el score como el soundtrack eran realmente buenos, cada uno a su manera (para el ñoñómetro, pueden descargar aquí la "música de fondo" de muchos de los episodios :B). 
Pero que hubiera un dueto de chavitas cantando canciones de "susto" me sulibeyó por completo. Gracias, internet, por devolvernos las canciones jalogüinescas de Tahiti.



"Qué no hay (xxx)", Miguel Bosé




Una vez superado mi crush con el Cantinflas de caricatura del Cantinflas Show (¿cómo no iba a gustarme si el tipo viajaba por el tiempo y por todo el mundo y hacía reír a las más guapas?), por supuesto que estaba enamorada de Miguel Bosé. Pero su coronación como rey de mi subconsciente llegó con el disco xxx, que me sigue pareciendo una joya perdida del pop español más raruno. Las letras de Bosé  siempre fueron un mismo jabberwocky  revolcado en cada disco desde Salamadra, pero en xxx el porno sugerido en el título es una falsa pista. Son, quizá, tres cruces que indican el lugar indeterminado de un tesoro, porque la música y las palabras aquí son una cadena de enigmas, tropos torpes e imágenes incoherentes, referencias a la Biblia y, de cuando en cuando, frases de oro (¿"Samurai, corazón valiente de armadura carey"? "¿Vagabundo demente ebrio en luna maguey? ¿"Oh, mi libertad, ¿qué impuesto mágico me has de costar?"? KHÉSESTO). La canción me sigue fascinando. Estoy segura de que en alguna parte sus raros acordes entreabren una puerta. Ese misterio que se atisba, esas sensaciones indefinibles, son las recompensas de la música que más disfruto. Nolehace que después haya hecho Papitwo y et. al :(



"Quiero ser santa", Alaska




Alaska provocaba tantas reacciones negativas a mi alrededor que mi primer impulso era defenderla, pero a los ocho años, ¿cómo y con qué? Sí, con A quién le importa, claro, pero eso era casi casi una grosería. Mi segundo impulso, y el más importante, era imitarla, dentro de mi cabeza solamente, por supuesto. Creo que hasta ahora nadie lo sabe, pero por su culpa invoqué a Isis en la clase de deportes y me encerré en un círculo protector dibujado en la tierra del parque para decir los seis nombres del demonio, con lo cual me gané varios reportes monjiles a casa. Lo importante es que TODAVÍA quiero ser una santa que levita por las mañanas y verme como Alaska al mismo tiempo (¡te amo, Olvido!).



"Rite of spring", Igor Stravinsky



La preferencia por la música de concierto (y por los soundtracks) empezó con la obviedad de haber visto Fantasía en el cine y haberme quedado en el viaje. Fantasía-la-película y Fantasía-el-disco, en general, eran lo máximo para mí. Pero el fragmento musicalizado con esta pieza caló varias circunvoluciones en mi cerebrito. En primera, el misterio contenido dentro de esas escalas, esa melodía impredecible, los medios tonos y las alarmantes cuerdas. 


En segunda: el misterio contenido en el relato del origen de la vida, la evolución, la decadencia y la muerte expresadas con una belleza pasmosa, compleja, que sin embargo estaba hecha con un código comprensible para cualquiera. Me gusta mucho este resumen en 24 cuadros de semejante perfección. Dejo aquí la versión con la impresionante coreografía y montaje de Pina Bausch, porque ese cacho de Fantasía no está completo en YouTube :(
Pero si quieren revivir esa maravilla de Disney, pueden verlo aquí, en varias partes. 



"(Just like) Starting Over", John Lennon




George Harrison es mi Beatle, pero tuve una etapa de amar rrrrecio a John Lennon, y debo decir que, como reza la canción, la culpa de todo la tiene Yoko Ono. Porque además de que ella me parecía brillantísima y enigmática (además de una mala cantante, claro), era intrigante la manera en que exhibían su amor, y ese idealismo compartido por ambos que, hoy diríamos, es muy de SJW, lo cual me parece perfecto. Pero bueno, el caso es que el Double Fantasy, y esta canción en particular, me parecían lo más romántico del mundo. "(Just Like) Starting Over" forjó mi idea de un amor distinto al de las mariposas en la panza: el amor que, suponía, se tendrían mis padres, o la gente grande cuando sí era feliz. Y ahora que comprendo exactamente qué clase de amor es, confirmo sin asomo de cinismo esa primera impresión.



"Moments In Love", The Art of Noise




Supongo que el momento New Age era inevitable. The Art of Noise llegó a mi walkman gracias a un novio de mi hermana (ajá, igual que en The Perks of Being a Wallflower), como muchas otras bandas y canciones, y aunque repetí una y otra vez todo el The best of antes de irme a dormir, esta fue la canción a la que regresaba, porque al cerrar los ojos me provocó imágenes aleatorias, desencadenadas y extrañas, muy probablemente influida por la estética  de los anuncios de Alcohólicos Anónimos que pasaban en la tele: playa al atardecer, gaviotas, romper de olas, nubes rosadas. La sensación que todavía persigo en la música que escucho, la de hallar atmósferas distintas para habitar, viene de acá, supongo.


"No controles", Flans




Creo que aún no valoramos a Flans en su justa medida. Estoy pensando seriamente en darle un curso intensivo a mi sobrina de toda su discografía, porque me causa asombro descubrir que la mayoría de sus canciones carecen de la birria sentimental-romanticoide que suele tener cierto pop "para niñas". Incluso cuando Ivonne, Ilse y Mimí hablaban de amor, ligue, dolorosas rupturas y Deltipoquetegusta, parecían siempre tener muy claro qué era lo que querían, o experimentaban la confusión de forma ingeniosa, llena de recursos que no están exentos de ternura. Tengo varias favoritas, pero "No controles" (una más de Nacho Cano) me encanta porque ofrece algo insólito: a Ivonne como protagonista y en plenitud de sus poderes. Amábamos su morenez y rebeldía tanto como éstas escandalizaron a quienes sólo toleraban que los modelos a seguir de sus hijas fueran güeritas bienportadas. Gracias infinitas, feminismo del Canal 2: no creí que tal cosa fuera posible <3



"Lullaby", The Cure




Junto con los Beatles, mi hermana y yo escuchábamos a The Cure como el pan de cada día. Mi mamá se burlaba de Love Song diciendo que era la canción donde Robert Smith gritaba la palabra "abulón", y mis primos discutían si el pobre era lo máximo o si era "maricón". A mí lo que más me gustaba, además del genderbender góticopop, es que a veces me diera miedo y a veces ternura; The Cure era, pues, la combinación perfecta del "Me asusta pero me gusta" que también me daban Stravinsky y Alaska. Y como que todas las cosas buenas de la vida, semehace.



"Un alma en pena", Lucía Méndez (y Juanga)




Ah, nuestro propio Thriller local y virreinal. Todavía no he contado la historia de mi obsesión con El extraño retorno de Diana Salazar. Quizá deba dejar que mi familia se las narre: se van a reír más. Baste, por el momento, saber que pedía que me hicieran las trenzas ésas tipo Las meninas y que me desesperaba mucho la discrepancia entre el 1627 que la canción ubica como el inicio de la historia de Diana Salazar y el 1640 que, de hecho, establece la telenovela en su primer capítulo (su servidora, cazando anacronismos desde 1988 :B).



"Stand by me", Ben E. King




Cuando vi la película de Rob Reiner (la adaptación de "El cuerpo", ese hermoso cuento del otoño perteneciente a Las cuatro estaciones de Stephen King) me enamoré de las canciones viejas y de las historias en las que un señor que no salía en la película –o salía hasta el final, como aquí Richard Dreyfuss, escritor, frente a una computadora de 1986– contaba algo importante que le había pasado hacía mucho tiempo, en otra época. La última línea: "Jamás volví a tener amigos como los que tuve a los doce años", cortesía de King, me hizo llorar de emoción y anhelar desesperadamente amistades y aventuras. Las tuve, y con suerte, las tendré este nuevo año también.

Pienso que, como decía David Foster Wallace: "...lo que pasa por trascendencia contemporánea y cínica del sentimiento es en realidad una especie de miedo a ser realmente humano, ya que ser verdaderamente humano (...) es probablemente ser inescapadamente sentimental, cándido y propenso a la sensiblería, y por lo general patético, es ser infantil en algún trasfondo básico para siempre..."

Eso.


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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Space Bitch





Aunque estoy apenas a unos kilómetros de mi hogar defeño, ahora mismo me siento en una galaxia muy lejana. Esa galaxia no es tanto la periferia de Cuernavaca en la que se ubica esta casa como el cuarto oscuro y caluroso en el que me he encerrado a tratar de terminar un libro, a ver si me sale el truco. 
Digo que me siento en una galaxia muy lejana pero no he podido escabullirme del todo del mundanal ruido (porque eso mero, Fray Luis de León). Pero esta no es la mejor época para jugar a las escondidas, y en la breve tregua de este retiro que fue la cena de Navidad hablé con mucha gente, abracé a mis amores, lavé los trastes y me enteré de que Carrie Fisher había sufrido un infarto. Me preocupé sinceramente, como quien se preocupa por un familiar, así de ridícula –o así de amplia mi capacidad para crear lazos familiares, usted escoja–. A quienes estaban conmigo y tenían el teléfono en la mano les pregunté, cada hora "¿Hay noticias de la Princesa?". Las notas eran ambiguas, así que lo peor ya se veía venir. 
Hoy la familia geek (gracias, Engendro, queridos sobrinos y Amigueitor) me avisó por teléfono que ya había muerto, igual que sucedió con todos los otros duelos colectivos de este año: Bowie, Prince, Cohen, Juanga, y ay, en esta misma fecha, Richard Addams. Incluso por la forma en que se han transmitido estas malas noticias se refuerza la sensación de que se pierde algo muy querido, muy cercano. No en balde casi todos los programas de televisión solían rematar con la frase "Gracias por dejarnos entrar hasta sus hogares". En verdad entraron, se quedaron, durmieron en nuestras camas y se bebieron nuestra sopa, la que nosotros, reverenciándolos, servimos con cuchara de oro a todos esos hermosos desconocidos.


Francamente estoy tristísima, como pocas veces, porque la princesa Leia significa mucho para mí. Y aunque ahora mismo me siento muy sola sin la posibilidad de chillar rrrrecio y colectivamente en Twitter, sé que no lo estoy. La Fuerza sufrió una terrible sacudida el día de hoy y hasta acá percibo a quienes están tristeando durísimo ahorita (y los abrazo).
Pero quisiera hablar, más que de la tristeza compartida por todos los que amamos Star Wars, de una más específica: esa que sentimos –estoy segura– las mujeres que crecimos bajo el ala reconfortante del peinado rarísimo y la lengua filosa de la Princesa Leia. Porque, miren:


Yo tenía cuatro años cuando la fiebre por la última cinta ochentera de La Guerra de las Galaxias llenó la casa de arturitos, citripios y yodas para mí y para mi hermana; sin embargo, a fuerza de incontables repeticiones de El imperio contraataca grabada de la tele en la Betamax familiar, el mensaje caló hondo: 1) Hay que dejarse el pellejo hasta acabar con el maldito imperio/el mal/las injusticias de la vida, 2) Si nadie se pone las pilas, una misma tiene que hacerse cargo, y tratar de proteger a los que una... ya saben; y 3) La fuerza está con nosotros, claro.


Leia dejó una impronta tan firme en mi cabecita que me acostumbré a esperar eso de las películas (y de la vida, para mi desgracia). Tan poderosa puede ser la identificación que para mí ella siempre fue el corazón de la saga, como lo sintetiza Tricia Barr en Cómo Star Wars me hizo feminista–aunque la franquicia no lo era: "En la Princesa Leia vi a un héroe, y en Luke, el camino para convertirse en un héroe como Leia", un sentimiento que me invadió de nuevo con el final de Rogue One, con todo y sus asegunes, pero eso da para otro post. Quizá lo escriba en un día más alegre que éste. 
Aunque es francamente un incordio, entiendo a lo que se refieren quienes me envían mensajes sorprendidos y hasta de felicitación porque me gusta Star Wars a pesar de que soy mujer (por favor, ya no hagan eso: en realidad no es un halago porque no es realmente raro, ni algo que adoptamos buscando que alguien nos "premie")



Como la misma Carrie Fisher lo dijo: "No hay que olvidar que estas películas son básicamente fantasías para muchachos", así que un montón de detalles dentro y fuera del universo de la saga hacen perfectamente comprensible el hecho de que los siete episodios y sus derivados no estén dentro del espectro de atención de muchas de nosotras; pero el personaje de Leia fue tan contundente, en gran medida gracias a la interpretación de Fisher, que puso en marcha una compleja e imparable maquinaria de historias y personajes femeninos que seguimos cosechando hasta ahora, y que desde el principio atrajeron a una legión de chicas para formar parte de la tripulación. No les vendría mal un poco de repaso de historia pop, muchachada: sepan que muchos de los primeros clubes de fans de Star Wars fueron comandados por ellas, aunque algunas preferían ser Han Solo a ser Leia (no hay que perder de vista que tampoco es indispensable sentirse atraído por algo a través de la representación). Para conocer ese universo paralelo en donde las fans eran tantas que se preguntaban dónde estaban los admiradores de la saga, lean Where The Boys Are de Pat Nussman, publicado en un fanzine en 1981. O échenle un ojo a este sitio de GeoCities (¡uuuhhh!) hecho por unas fans en 1997 para ñoñear acerca de las mujeres en Star Wars


Ahora: lo que la Princesa Leia implicó para la ficción crece y se ennoblece aún más con lo que la vida de Carrie Fisher representó también para Hollywood y para el mundo real. Aunque no lo parezca, estas dos esferas conviven muy bien en la misma frase: conocer cómo funciona la fábrica de los sueños puede extinguir las mismas ganas de soñar, aunque ese no fue el caso de nuestra querida Generala. Desde que su papá dejó embarazada a su mamá para luego fugarse con Elizabeth Taylor, Carrie Fisher fue testimonio de los estragos ocasionados por un sistema que pondera la apariencia física antes que cualquier otra cualidad humana, un ecosistema que considera indispensable la aprobación de los demás y deseable el escrutinio morboso de la vida privada. Nos advirtió de sus consecuencias (y no le hicimos caso, pues en los últimos años éstas se han convertido en voluntaria sobreexposición), pero también las asumió como parte de sí misma con humor y sabiduría, incluso, más que capitalizarlas, las puso sobre la mesa por si le eran útiles a alguien más, como su participación en The secret life of the Manic-Depressive, un conmovedor documental de Stephen Fry que les recomiendo ver completo:



Como siempre pasa con las personalidades públicas, más si son mujeres que le resultaron incómodas a la industria del entretenimiento, esta parte de la vida de Fisher es la que suele monopolizar los titulares, pero en realidad fue ella quien la entregó a los reflectores con generosidad, honestidad y gracia. Al hacerlo acompañó a muchísimas personas en sus propios procesos para lidiar con las enfermedades mentales, las adicciones o el simple y llano fracaso.
Carrie Fisher, además, fue una buena escritora que se arriesgó a contar lo que quiso, costase lo que le costase. Al final de esta entrevista, menciona cierta reseña negativa hacia Postcards from the edge, uno de sus libros (que siempre fueron prácticamente autobiográficos). "¿Quién puede conectar con la vida de esta chica? Nadie", dijo el crítico, a lo que ella responde aquí: "Son los sentimientos los que nos conectan. No es lo que te pasa, es cómo te lo tomas. Cuando lo escribí, cuando fui capaz de hacerlo, haya sido bueno o malo, fue un logro completamente mío. O mi propio... lo que sea".



También fue una afiladísima Script Doctor, es decir, una guionista de emergencia que mejoró los guiones de varias comedias memorables de los 90 sin llevarse crédito alguno por ello. Cuando este trabajo se convirtió en una más de las abusivas formas de explotación para la gente creativa, renunció sin quedarse callada. Este video de The Mary Sue resume lo que también debería formar parte del legado de Carrie Fisher en Hollywood: "No dejes que se aprovechen de ti. Valórate, lucha por tu propia causa, sé tu mejor defensa".


Volviendo a Leia, debo confesar que ésta me parece una época extraña en la que la omnipresente nostalgia y la celeridad con que podemos producir y reproducir aquello que nos construyó –a determinadas generaciones– nos ha dado la posibilidad de vincular la ficción y la vida ordinaria en segundos finales, en recapitulaciones y reescrituras interminables que, al mismo tiempo, pretenden ser definitivas: un punto final para la infancia, para ese pasado compartido. Aunque, por ejemplo, vimos crecer a Harry, Ron y a Hermione en la pantalla mientras nos hacíamos adultos, no imaginé que veríamos a la Princesa Leia convertirse en una mujer madura y sufrir el dolor de perder tanto a su hijo en el lado oscuro como a Han Solo en la muerte. Personalmente, habría preferido verla como se propuso en las historias del universo expandido de Star Wars: como una Jedi. Creo que, como fan de Star Wars, lo que más me duele es que esa posibilidad se ha ido para siempre, aunque algunos aún especulan que podría ocurrir en el Episodio VIII.

A muchos no les gustó The Force Awakens, pero a mí me fascinó precisamente porque, si bien Leia escogió enlistarse en las filas de la guerra y no en las de la paz, pude ver a Rey como hubiera querido verla a ella: mi corazón saltó fuera del pecho cuando el sable láser voló hasta su mano, y cuando fue capaz de ser una con La Fuerza en medio de un angustiante duelo.


Lo que siempre echo en falta cuando veo alguna película de la saga, e incluso cuando vi esa maravilla que es Rogue One, es precisamente poder disfrutar dentro de las historias ese vínculo que las espectadoras creamos con Carrie Fisher fuera de las salas de cine: escuchar cómo es que una de nosotras se opuso a lo que la dañaba, cómo triunfó, qué sintió cuando se hizo mayor, a qué cosas sobrevivió, cómo se hizo sabia. Carrie Fisher nos dijo que estaba bien tener miedo, porque hay cosas escalofriantes allá afuera; pero que también vale la pena enfrentarlas, sin importar que no seamos perfectas. Esa semilla de las mentoras está en TFA gracias a Maz Tanaka y a la presencia madura de la Generala Leia, pero aún no alcanza el nivel de la relación entre Obi Wan Kenobi y los Skywalker. Es una gran deuda por saldar.

Y buéh, claro: como se atrevió a envejecer, ni Leia se libró de los trolls, a quienes les respondió como se debe:


De entre las cosas que comienza a desenterrar la arqueología electrónica, me conmovió esta entrevista que Carrie Fisher dio a Carol Caldwell para la Rolling Stone en 1983. En ella, describe a Leia como una "Space Bitch" y consulta a Bruno Bettelheim para aclarar sus ideas respecto a Star Wars:
¡Las películas son sueños! Y trabajan subliminalmente. Se puede interpretar a Leia como capaz, independiente, sensata, una soldado, una luchadora, una mujer en control –"en control" es, por supuesto, inferior a "Ama"–. Pero se puede retratar a una mujer que es una experta y supera todos los prejuicios femeninos si la haces viajar en el tiempo, si le agregas una cualidad mágica, si la estás tratando en los términos de los cuentos de hadas. La gente necesita estas proyecciones más grandes que la vida. ¡Espera! Escucha esto –
La entrevistadora anota: "Oh oh. Ahora está sacando su libro de Bruno Bettelheim. Vuelve las páginas de Los usos del encantamiento: el significado y la importancia de los cuentos de hadas y encuentra una nota de pie de página –una cita de Mircea Eliade..."
Carrie de nuevo: ¡Ah, aquí! "Esto equivale a decir que los escenarios iniciáticos –incluso camuflados, como en los cuentos de hadas– son la expresión de un psicodrama que responde a una profunda necesidad del ser humano. Todo humano quiere experimentar ciertas situaciones peligrosas, confrontar pruebas excepcionales, abrirse camino en el Otro Mundo y experimentar todo esto, en el nivel de su vida imaginativa, oyendo o leyendo cuentos de hadas". Ahí lo tienes. Es por eso que Star Wars es atractiva: ves a alguien luchar contra el monstruo peligroso. Todos estamos buscando una prueba externa que nos cambie internamente.
Ella las halló de sobra, y las compartió con nosotros, en el arte y en la vida. 

Salgo a tomar aire. Afuera de esta microgalaxia, en el horizonte que no me había asomado a ver, el sol brilla como se supone que debe brillar en este lugar (como si no existiese el invierno) y una multitud de pájaros que mi ignorancia chilanga no puede nombrar sesionan en su parlamento de un extremo a otro del río, cuyo rumor apenas se escucha detrás de las ráfagas de los coches lejanos que cruzan a todo trapo la autopista hacia sus vacaciones. La belleza de todo esto parece ignorar que la gasolina va subir, que el mundo es un asco y que seguramente no va a mejorar sólo porque la cifra del año cambie. 
Vuelvo a mi galaxia lejana: regreso a la habitación, a tratar de terminar de escribir la historia de dos monjes de Suffolk que deciden viajar hasta Roma para conseguirle a una niña de piel verde, venida de otraparte, un alma cristiana e inmortal. ¿A quién carajos le va a importar esto? Y además no sé si lo consiga. Tengo miedo. 
Pero menos que antes cuando recuerdo:


Gracias por la compañía, la inspiración, las lecciones que no se acaban aquí, Space Bitch. Te querré siempre.



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viernes, 12 de agosto de 2016

Yo, Cazafantasmas



Esta soy yo en mi cumpleaños. Quise que me tomaran una foto con mis regalos:




Me gustaba hacer enojar a mi hermana, el engendro que está dormido ahí atrás; me gustaban los gatos, los cómics, las películas, los cementerios, las historias de fantasmas (y El extraño retorno de Diana Salazar, aunque eso mejor luego se los platico). Pero unos meses después, lo que más me gustaba en todo el mundo eran Los Cazafantasmas. O, para ser más precisa, Los Verdaderos Cazafantasmas. Este es mi pastel de cumpleaños, y mis nuevos regalos.  (Y las manos de mi abuelita Paulina, ay).



Había visto Ghostbusters y me había encantado, pero fue gracias a la caricatura que pasaban en Imevisión a las 7:00 p.m. que quise ponerme un paquete de protones en la espalda DE INMEDIATO.



Para empezar, las historias en cada episodio eran increíbles. Los fantasmas podían ser simples plagas domésticas a las que Peter, Egon, Winston y Ray eliminaban como exterminadores de ratas, pero por lo general presentaban dilemas mucho más interesantes: luchaban contra “el coco”  –the boogeyman, que aquí tradujeron, para su desconcierto y el mío, como El duende burlón–, que vivía en una dimensión cuyas puertas de salida eran las de los armarios de los niños, el rey del Samhain, las tres fates griegas que deciden el destino humano, o el mismísimo Cthulhu. Luchaban contra un duende con cara de perro (el episodio que a mí y a mi hermana más nos hacía reír) o contra rencores capaces de desatar el fin del mundo con la melodía de una flauta en mi episodio favorito, Ragnarok and Roll.

Además de todo esto, me parece que Los Verdaderos Cazafantasmas funcionaba como una muy atractiva fantasía de la vida adulta. Eran cuatro amigos que se ganaban la vida leyendo tratados de demonología, construyendo aparatos con tecnología de punta, y salvando al mundo de las energías malignas del universo; vivían juntos en un excuartel de bomberos, la recepcionista era una chica que se preocupaba por ellos, y tenían como mascota a un fantasma. ¿Qué más se podía pedir? La caricatura tenía tanto humor y tantos momentos cotidianos de esa prometedora vida, tan diferente al inexorable destino de los grandes (familia, hijos, problemas, mal humor permanente), que para mí fue inevitable fantasear con ese futuro.

Así que éste era el plan: a los 21 años ("la mayoría de edad mundial", pensaba, porque yo no tenía idea de que los Cazafantasmas eran más bien treintones) viajaría a Nueva York y me convertiría en la quinta cazafantasmas. ¿Cómo convencería a Venkman, Spengler, Zeddmore y Stantz de que yo era la indicada? ¡Ja! Yo estaría preparadísima, más que para los exámenes semestrales. Para empezar, debía poner mucha atención a lo que ocurría en cada episodio, necesitaba comenzar a grabarlos en videocassettes y repasar lo necesario. La cita frente a la tele era ineludible, así que, después de que en el cumpleaños XV de mi hermana hice un berrinche espantoso porque me perdí un episodio, me enseñaron a programar la grabación automática de la Betamax. Todavía conservo algunos de estos:



De aquellos tiempos conservo también el que fue mi primer diario –un diario rarísimo, editado por el Colegio Cosmobiológico Solar de la Gran Fraternidad Universal, que traía cien páginas dedicadas a analizar los signos zodiacales– y a Janine, la recepcionista, vistiendo un uniforme de los cazafantasmas... color rosa. Por alguna razón, de todos los juguetes de los RGB que tuve y amé (el Ecto-1, el Fantasmaproyector, Pegajoso) sólo Janine sobrevivió. 



Después de muchas aventuras, le falta un bracito, pero aún pone la cara de espanto cuando debe.





En mi diario hay una parte dedicada a esas ensoñaciones mías de cazar fantasmas en el año 2000 (queda claro que el fantasma debía funcionar como la máxima advertencia anti-lectura de diarios ajenos).


Una de las páginas que más me enternece es ésta, en la que les doy las gracias a los Cazafantasmas y ellos "firman". Aquí también está Janine, claro. ¿Por qué? If she can see it, she can be it, dice Geena Davis. Y tiene razón: la representación nos hace sentirnos parte del mundo: estamos ahí también, ésas podríamos ser nosotras.





Janine era, en este esquema, una garantía de que yo también podía entrar en el negocio. Hubo dos episodios en los que Janine fue la quinta cazafantasmas. En ese entonces, me produjeron mucha alegría, hoy me dan un poco de tristeza. En el primero, Janine cae bajo el hechizo de Sandman, el hombre de la arena que pone al mundo a dormir, pero que en esta historia es un malvado que noquea a los humanos para que las pesadillas se apoderen del mundo. Janine lo derrota soñando que se convierte en una cazafantasmas.




En el segundo, Janine consigue que los cazafantasmas la dejen acompañarlos. Por supuesto, no tiene ni idea de cómo atrapar espectros, aunque todo cambia cuando se encuentra con una lámpara que dentro tiene un genio de los deseos. Los deseos de Janine se hacen realidad: se convierte en la jefa de los cazafantasmas y Egon se enamora de ella (porque claro, ¿qué otra cosa podría desear una chica, sino el amor? ¬¬). Evidentemente, los deseos eran la maniobra distractora del genio, que sólo estaba utilizándola para sacar de la lámpara a toda su maligna tropa. Al final, Janine es valiente y resuelve todo ese desmadre. La historia recuerda a la de Pandora y su caja, y a las de tantas otras protagonistas de sus propias historias que no hacen sino demostrar lo poco confiables y complicadas que son todas las mujeres.

Yo la quería mucho, pero no quería ser ella. Los cazafantasmas solían burlarse de lo que decía o hacía, Egon le hacía caso sólo de vez en cuando, y se perdía de toda la acción porque se la pasaba en el cuartel, sentada, esperando a que sonara el teléfono, con Pegajoso.
Tampoco quería ser como las chicas que salpicaban uno que otro episodio. Ni ser simplemente una clienta, ni "Ocupación: Interés romántico" eran algo atractivo para mí, después de todo, yo era una niña, pero ¡fiu! a finales de los 80.






Por fin, en el episodio dedicado al Necronomicón, encontré la clase de cazafantasmas que quería ser: Alicia Derleth (guiño-guiño, lovecraftianos).




"–¿Y quién es esa tal Alicia Derleth?
–Una renombrada catedrática y sabia, con un doctorado en ciencias ocultas.
(irónico) Magnífico. Apuesto a que ha de ser muy guapa y también con una gran personalidad."
El anterior es un diálogo entre Egon y Peter, el womanizer del grupo. Cuando la doctora Derleth aparece, Peter se sorprende porque de hecho, es guapa. Enseguida, le murmura a Egon: "No me parece muy inteligente". Todo un halago, por lo visto. Después de derrotar a Cthulhu, Peter la invita a salir, y ella acepta porque tiene grandes planes: quiere visitar una exposición sobre mitología egipcia, ir a una conferencia sobre jeroglíficos mayas y otra sobre los druidas... Sí, definitivamente yo era Team Alicia Derleth. El problema es que nadie le dio un paquete de protones, quizá porque los conjuros que hacía la debilitaban a punto del desmayo. Y jamás la volvimos a ver.

Me quedaba, pues, imaginar cómo sería yo, cazafantasmas, a través del juego. Asmática de toda la vida, soñaba con tener fortaleza física. Eso estaría arreglado para los 21 (#NOT). Habría estudiado “ciencias” y parapsicología. Me aprendería muy bien la Guía de espíritus Tobin, el libro de cabecera de Egon que debían vender en algún lado (sí, hice que mis papás preguntaran por ella en las librerías. Los quiero-gracias por aguantarme-perdónenme). Como no lo encontré, me estudié el Manual de experimentos parapsíquicos, El gran libro de los sueños, La pirámide sumergida en el triángulo de las bermudas y todo libro de lo paranormal que mis manitas pegajosas alcanzaran a pescar mientras esperábamos mesa para desayunar en Sanborns o en Vips. Intuí que necesitaría toda la ayuda posible: el Segundo gran libro del terror, las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, diccionarios baratos de mitología griega, nórdica, africana, los recetarios de magia blanca de Karen Lara y cualquier antología de cuentos que anunciara a Stephen King en la portada me servirían.Los dibujos de mí misma en uniforme, los planes fantasiosos, los cómics donde inventaba mis aventuras sobrenaturales, se perdieron para siempre. Yo misma los arranqué del diario, los rompí, los taché y los tiré. Me daban vergüenza. ¿Cómo podía ser tan tonta? Eso nunca iba a pasar. En primera, los fantasmas no existen. En segunda, ni era buena para "las ciencias", ni era fuerte, y ni siquiera lo suficientemente guapa para "no ser tan inteligente" como Alicia Derleth, ni para gustarle a nadie, nunca. El mundo exigía de mí otras cosas, y tenía que prepararme para ellas. Hola, adolescencia, hola, heteropatriarcado (que no es un espectro: vaya que sí existe, y nos acecha como un monstruo).


Crecí. Pero me quedé con todos esos libros, y toda esa capacidad de imaginar.
Cuando se anunció que harían un relanzamiento de Ghostbusters con Paul Feig como director, y Melissa McCarthy, Leslie Jones, Kirsten Wiig y Kate McKinnon como las cuatro cazafantasmas, sentí una emoción nada difícil de explicar: alegría pura. Porque eso fueron siempre los Cazafantasmas para mí: la posibilidad de la risa, el chacoteo, el descubrimiento y el asombro. El hecho de que el nuevo equipo estuviera conformado sólo por mujeres me pareció una gran idea, y de lo más pertinente tratándose de Feig en combinación con esas actrices. Él es uno de mis favoritos desde Freaks and Geeks (entendió la adolescencia como pocos, y sus personajes son siempre una delicia), y desde Bridesmaids (que fue toda una sorpresa para mí porque jamás pensé que me reiría tanto con una película sobre damas de honor) veo todo lo que hacen McCarthy y Wiig porque son, simplemente, brillantes. Desde que anunciaron a McKinnon y a Jones, seguí sus apariciones en Saturday Night Live y me entusiasmé todavía más. Las cuatro hacen una comedia que es agua refrescante en medio del atosigante bochorno que producen los chistes sobados de toda la vida. Me gusta mucho carcajearme hasta que me duela la panza, pero (salvo por estas actrices o Louis C.K., Amy Poehler, y un par más) hay pocos comediantes que ofrecen razones nuevas e insólitas para reír, o bien, saben aprovecharse de la incomodidad que nos generan ciertos comportamientos, expectativas y mandatos sociales para ponernos un espejo que vaya más allá del "me río porque es cierto y así son las cosas" (aunque eso cierto sea horrible y trágico), y que apuesten por decir "me río porque es ridículo, no me había dado cuenta de que así no deberían ser las cosas". Independientemente de lo positivo que resultaba ampliar la diversidad dentro del espectro mayoritariamente masculino de las películas veraniegas de Hollywood, yo ya había encontrado razones muy buenas para ir verla.








Por eso me sorprendieron tanto las reacciones de los fan-trolls con la ya famosa frase "Me están arruinando la infancia". No podía comprenderlo porque la mía, al contrario, estaba de fiesta: eso que soñé se hacía, de alguna manera, realidad. Hasta que me cayó el veinte. Según ellos, lo que yo escribía en mi diario, lo que estaba en mis juegos e imaginación de todos los días y que, de alguna forma, me construyó como la persona que soy ahora, no era mío. Y no era mío porque soy mujer, pues. Era de ellos, de los muchachos, de los hombres, del club de Tobi. No importa cuánto significaran los cazafantasmas para mí: no eran míos. Fue un claro "Retrocede, regrésate al escritorio a contestar los teléfonos con tu overol rosa que no te va a servir para nada".

Aquellos que dicen que la cuestión de la corrección política está arruinando la ficción, ¿no se han puesto a pensar que la corrección política se trata, más que de ser puritanos, de  adaptar la ficción al mundo en que vivimos hoy, donde hay personas que tienen derechos que antes no tenían, y que merecen ser tratadas con respeto? ¿Imaginar que ellas están ahí, viviendo esas aventuras, sintiéndose inspiradas, como ustedes los hombres blancos-mestizos-heterosexuales-de clase media, todas las veces que van al cine? Nosotras también queremos ver (y aprender) de los espejos, los reales y los ficticios.

El sentido de la propiedad que el fandom ha adquirido desde el cut and paste de la edición digital y el megáfono de Twitter es desconcertante. Ha pasado de ser un espacio comunitario para la nostalgia, la creatividad y la complicidad, a ser un nido de avispas furibundas, peligrosas, porque no hay que perder de vista que, cuando las simples opiniones escalan por el muro del odio, se convierten en amenazas reales que han atentado contra personas reales. Leslie Jones se fue de Twitter, por ejemplo, después de días de ser bombardeada con esta clase de comentarios.

Porque no nos hagamos: ya estamos grandecitos como para reconocer que las críticas a una película QUE NADIE HABÍA VISTO AÚN (que empezarán a ver, apenas, el día de hoy en México) han sido, en su mayoría, críticas sexistas. Sí, desde luego que ha habido críticas hacia la falta de originalidad de los estudios que recurren a franquicias reconocibles para el público con la finalidad de hacer dinero con manufacturas de baja calidad, o que querían Ghostbusters 3 con el reparto original, antes de que muriera Ramis. O no, quizá querían que las cosas se quedaran como estaban (como yo). 


El problema es que estas críticas, pertinentes en cuanto a que la producción y el consumo de bienes culturales necesitan ese ojo incrédulo y cuestionador, suele empezar con la también famosa frase "esta discusión no tiene nada que ver con el género”. Spoiler: el hecho de que digan que algo no es misógino/no tiene nada que ver con el género/ no es machista/ no lo exime de serlo en automático. ¿Por qué no hacer esa crítica "desapegada" del tema de género, reconociendo que sí hay matices sexistas en la mayoría de los "dislike" que el trailer tuvo en YouTube, o en IMDB? No me crean a mí, analicen por favor los números en este artículo. Es frustrante notar que no se dan cuenta de que hay partes en esa crítica “desapegada” que está sutilmente trenzada con la cuestión de género. Sí, el 90% de los remakes son basura (recordemos la ley de Sturgeon: el 90% de todo es basura), sí, los efectos CGI no son tan lindos como la maqueta por la que caminó el hombre de malvavisco, sí a los etcéteras, pero el “no tiene nada que ver con el género” se esfuma cuando todo esto se mezcla con “deberían ser dos y dos, para que verdaderamente sea progresista" o "deberían ser personajes femeninos creíbles", cuando no han visto cómo se desarrollan esos personajes en pantalla aún y de entrada, ya no son verosímiles, o el desconcertante "Es que se ve muy forzado por la corrección política, no es algo que les haya nacido natural". Los que dicen esto, ¿no se han puesto a pensar por qué les parece así? ¿Que no debería parecer "forzado", porque las mujeres son más de la mitad de la población mundial? ¿Y, sobre todo, porque hubo niñas que, como yo, jugaban a "coleccionar mohos, esporas y hongos" como Egon, a encontrar campos de energía con contadores Geiger o viajar al interior del contenedor de fantasmas que había en el sótano? 

Porque (y aquí voy a hablarte de tú, hombre treintón-cuarentón que sentiste arruinada tu infancia, aunque a lo mejor no lo expresaste así porque se ve mal y medio mundo te iba a linchar en Facebook) todo lo que fueron los Cazafantasmas fue hecho para ti, creado, pensado y destinado a ti. Ya lo tienes, es tuyo, y nadie te lo va a quitar, como nadie puede extirparte la infancia por esto (por favor). Para la industria del entretenimiento, de los juguetes, de los libros, tu infancia es la que más importa, tu representación, tu experiencia. 




Lo que ahora está ocurriendo con Ghostbusters es, sí, para nosotras, las que sentíamos y jugábamos y soñábamos con lo mismo que tú, aunque no pensaran en nosotras al hacer el catálogo de juguetes con paquetes de protones, Ecto 1 y botecitos de Ectoplasma. Si acaso nos hicieron una concesión con la Janine cazafantasmas de overol rosa (porque niñas, claro. Mi color favorito era el verde).

Pero la nostalgia es lo de menos: esto es para el futuro. Es para ellas. Para que el sueño de convertirse en científicas y atrapar manifestaciones ectoplásmicas de escala 4 y vivir en un cuartel de bomberos, sobreviviendo junto a sus amigas en una gran ciudad, y cambiar al mundo haciendo cosas importantes pero también tontas, no sea empañado por en fantasma de Tú no puedes, Tú no juegas, esto no es para ti. Por ejemplo: pensé que mis amigas y yo podríamos comprarnos unas playeras ñoñas con el logo para cuando vayamos al estreno, pero, ¡oh, sorpresa! Suburbia, quien las comercializa en México, sólo anuncia camisetas "Infantiles" y para "Caballero". Sutilezas que le recuerdan a una que no debería querer jugar a esto, que eso no es para una, sin reparar en la ironía de que ni siquiera las actrices de la película cuyo producto están vendiendo podrían "ponérselas".

Pero ja, claro que podemos ponérnoslas. Eso nunca nos ha detenido. Pregúntenle a todas las que en el pasado se vistieron de señor para poder ir a estudiar o a todas las que, en el presente, siguen ocultándose detrás de las siglas de su nombre para que la gente compre sus libros.

Comencé a escribir esto en Los Ángeles, después de ver la nueva Ghostbusters. Fui al cine yo sola, en sustitución de aquella cita que tendría a los 21 años en Nueva York. Me reí como loca, lloré un poquito cuando las chicas no-cruzaron-los-rayos y eché de menos a mis amigas, porque es, ante todo, una película, sí, palomera y limitada, pero rara y hermosa precisamente porque trata de la amistad genuina entre mujeres, algo que Hollywood, nuestras familias y prácticamente todo el sistema nos ha escamoteado desde siempre. No, no estudié "ciencias", pero sé que puedo contar con mis cómplices; no, no soy doctora en ciencias ocultas, pero escribo las historias de los monstruos que imagino y, cuando se puede, tengo muchas aventuras por el mundo gracias a mis pesquisas para una revista de cine (las últimas, justo de este viaje, ya son de mis favoritas):






No lo sabía, pero supongo que en el fondo esa niña también quería ser Harold Ramis o Michael J. Strasczinsky: los imaginantes de aquel mundo. He conocido más imaginantes que se parecen a mí: Helen Oyeyemi y Jane Austen o Verónica Murguía o Shirley Jackson. Sobre todo, estoy imaginando mis propios mundos, y soy muy feliz.


No, no soy la quinta cazafantasmas, pero vivo en un mundo en el que ya es posible, dentro del sueño lúcido que es toda película, que existan cuatro mujeres cazafantasmas. Pese a que el panorama no es todavía el mejor para todas, pese a que este es, quizá, un mero capricho, tengo que reconocer que sí: en un futuro así quería yo vivir. ¿Quién me acompaña al cine?

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