martes, 21 de febrero de 2017

Hacia la imaginación compasiva

Tengo que confesar que me entristece y me desespera la discusión en torno al texto que Valeria Luiselli publicó en El País, "El nuevo feminismo". Digo sin pudor que me "entristece" y que me "desespera", porque ¡JA! soy feminista y eso me hace estar convencida de que no es un pecado manifestar emociones en una discusión donde, según el viejo orden, "deben" primar la razón y los argumentos. También porque soy feminista, creo que es importante sentarnos con la cabeza fría y las manitas calientes a ponerle orden a ese aluvión de ideas que necesitamos poner en común. (Esto de no desestimar las emociones tiene que ver con esto que Ursula K. Le Guin dice aquí; y es algo a lo que, spoiler alert, volveré al final de este texto). Compartiré algunas de las reacciones que tuve hacia las ideas expresadas en la columna de Luiselli y ciertas ideas en torno a ellas pues, por desgracia, las reacciones se han discutido más que las ideas en sí, y quizá sería bueno poner en perspectiva a unas y a otras, hacer un esfuerzo por volver a lo que podemos extraer de esta discusión.

1. Primera reacción: el enojo.

Sí, confieso que soy culpable de enojarme de vez en cuando, un pecado que a las mujeres se nos perdona poco, pues según la educación que hemos recibido en las sociedades (¡agárrensennn, aquí viene una palabra que les choca pero cuya materialización sí existe y DA MIEDO!) heteropatriarcales nosotras representamos la ternura, la templanza, el instinto maternal y el amor que todo lo puede y lo soporta, etcétera (este videín explica muy bien por qué eso es terrible). 
El enojo no siempre es una explosión violenta y destructiva. También es indignación justificada, y una fuerza que ejerce un poderoso impulso para construir, para hacer algo al respecto de lo que nos lo produjo en primer lugar.

Me enojé cuando leí el texto de Luiselli. ¿Por qué? Bueno, porque El País es un foro muy visible, y Valeria es una escritora reconocida, así que lo que tiene que decir le parecerá importante a muchas personas y otras considerarán que es un texto confiable, bien informado, porque está publicado en un medio como ése (que por otro lado ya lleva años siendo una mala publicación). La relevancia de lo que dirá, además, se incrementa si tomamos en cuenta que pertenece a la intelectualidad mexicana, en concreto, la que vive ahora en Estados Unidos, donde ahora mismo se considera a los mexicanos personas non gratas. Se le añade otro piquito al considerar, también, que es una mujer que nació en un país con una tasa altísima de feminicidios, algo que el gobierno debería considerar emergencia nacional pero que no resulta urgente ni siquiera para algunos activistas sociales preocupados por otros temas importantes, como las desapariciones de estudiantes o la violencia cotidiana.

Tomando todo eso en cuenta, las expectativas son altas. Pobre Valeria, sí: es mucha responsabilidad. Pero es una que, creo, en momentos históricos terroríficos como éste todos deberíamos estar dispuestos a asumir en la medida de nuestra posición y de nuestros recursos. Si llevas una vida con más recursos y posibilidades, si a fuerza de páginas y páginas leídas y escritas te has forjado una carrera y un nombre y una posición desde la que te escuchará gente que no conoce el lugar de donde vienes, ni su belleza ni sus problemas ni sus llamadas de auxilio, es deseable que seas solidaria y los compartas. Que se nos lleve a otras partes, no nada más en la añoranza del hogar familiar o en el souvenir curioso, sino en la punta de la lengua, en el estómago, que a veces se achica de indignación. 

Yo también soy escritora, no una como Valeria Luiselli, desde luego (la felicito desde donde me encuentro: sé que aunque tenga una las mejores condiciones para hacerlo escribir no es fácil, ni debe serlo ahora: no tengo idea de qué haría yo para lidiar con el ansia de escribir y las obligaciones de ser madre). Pero tengo mis propias ideas sobre la escritura. No tienen que ser las de todo el mundo, ni las de todo el mundo-feminista, por supuesto.

Una de ellas es que lo mínimo que puedes hacer antes de escribir un texto de opinión que será leído con atención por muchas personas es (además de estructurar tus ideas, de preocuparte porque la prosa sea clara o bella, o las dos cosas) pensar en toda esa gente a la que los demás identificarán contigo, con tu lengua, con tu origen. Porque las personas no somos hongos, no nacimos espontáneamente y nos hicimos solas nutriéndonos de los minerales de la tierra: alguien nos cuidó, nos formó, nos arropó, nos hizo posibles. Y no sólo me refiero a quienes estuvieron detrás de ti, sosteniéndote emocional y económicamente mientras te formabas, sino a quienes trabajaron cuidándote (porque los cuidados no remunerados, ¡agárrense que ahí viene otra feministada! son parte fundamental de la estructura económica): tu madre, tu abuela, tus tías, tus empleadas domésticas. Quién te hacía de comer, quién hacía las tareas necesarias para que tuvieras una vida en la que la escritura fuese una posibilidad real, algo no muy común en un país como el nuestro. A eso le añadimos (ni modo, pero es así) el respaldo de todas las autoras que te precedieron, que soportaron menosprecios e insultos, y que con tesón, talento y valentía, crearon los espacios que tú puedes ocupar ahora, y que podríamos perder si no nos ponemos las pilas. 
Por eso quienes no tuvieron las mismas oportunidades esperan algo de nosotros, con toda razón. 

Yo, y esto no tiene por qué compartirlo todoelmundo, creo que además de a nosotras mismas, también a todo eso nos debemos cuando escribimos. Pero favor de no confundir: no se trata, como quisiera este gobierno fársico que tenemos, de "hablar bien de México", o "hablar bien del feminismo", en este caso, sino de todo lo contrario: hablar de lo que impide que esa vida o esas ideas que nosotros conocemos de forma íntima y positiva, tenga alternativas. No para glorificarla, sino para nombrarla, para que exista allá afuera, con sus cosas buenas y malas. Y en estos momentos, para oponernos a las estridentes voces que pretenden acallar luchas legítimas, como las de los migrantes hacia el norte, como las de las mujeres que salen a la calle a exigir que se respeten sus derechos, tanto porque nos están matando en nuestras casas y en las calles aquí, como porque queremos descolonizarnos allá.

Si tú, autora, te sientas a escribir que te da flojera que tus amigas sean monotemáticas con el feminismo, lo más probable es que no estés consciente de lo necesario que es salir a las calles con pancartas, lo cual es una suerte: nos alegramos por ti. Pero si estás ahí, en ese lugar donde puedes decir "¡Hey, miren, esto está pasando!" para ayudar a la gente a la que le URGE que respeten sus derechos para poder, ya no digamos, ejercer su derecho a la protesta, sino sobrevivir, pues estás siendo desconsiderada e irresponsable. Y eso enoja, no hay otra manera de decirlo, porque una puntada de ésas al resto de nosotras nos cuesta mucho tiempo y energía: Yo, en estas cuatro horas libres en las que no tengo que trabajar para ganar dinero, quisiera ponerme a escribir ahorita un cuento que no se deja acabar, pero no puedo: tengo que decir, primero, que esto me entristece y desespera. Porque si valoro lo que las escritoras tenemos que decir, porque si quiero que seamos cada vez más, que nuestras voces lleguen cada vez más lejos, no puedo dejar que se desacredite la lucha feminista nomás porque a una de nosotras el discurso le da flojera. No puedo darme el lujo de ser un hongo ni de ser irresponsable. Y me enoja también (¡agárrense, aquí viene otra!) confirmar eso de que este sistema nos mantiene ocupadas resolviendo sus asuntos y no los nuestros, es decir: explicándoles una y otra vez que los feminismos no quieren oprimir a los hombres, sino hacer más justa la vida de todas las personas, defendiéndonos de sus ataques y sus ofensas ("pinches feminazis malcogidas, envidiosas"); y no nos deja hacer lo que tenemos que hacer: dibujar murales espectaculares, escribir como fieras, tener sexo placentero, hallar vida en otros planetas, ser felices. Defender nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, a amarlos tal y como son, a tener una vejez digna y a no tener miedo. Y eso pesa, y cansa.

2. Segunda reacción: la tristeza
Me entristece porque la confusión es grande y las necesidades urgentes: tenemos mucho por hacer, y seguimos perdiendo el tiempo en defendernos de la gente que no entiende que este asunto es, literalmente, de vida o muerte. Por desgracia, la opinión de Valeria Luiselli (tal vez no fue esa su intención, pero debió considerarlo) avala la de las multitudes que critican al feminismo con muchísimo encono, de los que nos hacen la vida imposible en las redes sociales y en la calle, que incluso nos amenaza de muerte para que "ya dejemos de estar chingando". Ya lo dije en este texto que escribí hace un tiempo: las feministas tienen la labor complicada de por sí aquí y en China, pero las causas que defienden son justas y benefician a toda la humanidad Si no estamos de acuerdo con lo que algunos de los feminismos plantean, informémonos (porque hay un cuerpo teórico y práctico abundantísimo, complejo y muy diverso) y dialoguemos con quien corresponda. Y si no nos importa esa discusión, o nos produce bostezos, como diría mi abuela: "Si no ayuda, por favor no estorbe".

3. Tercera reacción: el aburrimiento
Ah, sí, también tengo capacidad de aburrimiento, por fortuna, que si no sería como un péndulo condenado a ir de una cursilería tremenda (I hate hate es mi mantra) al rencor vivo (justificado, no me cansaré de decirlo), como Pedro Páramo.
¿Qué me produce bostezos?
Las opiniones miopes y desinformadas en torno a los feminismos. El argumento de que cualquier crítica es producto de la envidia, esa idea tan soberbia, mediocre y autocomplaciente de que sólo se puede disentir desde un anhelo frustrado, como si no contaran también la inteligencia, la congruencia y un mínimo sentido de la justicia. Que las discrepancias entre las diversas posturas feministas se sigan viendo como "linchamiento entre mujeres". Que algunas mujeres reduzcan el feminismo a "tener opciones" (¡como si la mayoría de nosotras las tuviera en México!) con el sonsonete de que está bueno ser feminista, pero por qué ser enojonas, y peludas, si podemos usar tacones y ser guapas según los estándares de belleza actuales. Sí, yo y mis tacones somos los primeros que se alegran con esa noticia: pero ¿y la importancia: la solidaridad con las otras, con el sufrimiento de las otras, las que no pueden o no quieren "escoger"? Me da pereza que no nos demos cuenta de que una parte de ese discurso que critica a las que con justa razón critican, sigan siendo complacientes con quienes de forma sutil o explícita siguen fiscalizando la manera en como exigimos lo que es justo. No es raro ver que estos textos no incomodan a muchos señores que se conducen con hipocresía y violencia en esta discusión. También me dan pereza quienes forman parte de la élite educada pero se siguen regodeando en los chistes cínicos sobre lo ridículos que somos quienes tenemos la voluntad de discutir y hacer crítica, algo que no es sino otra forma de descalificar. El silencio, la indiferencia y la falta de imaginación. Que aburridas son, pues, la arrogancia y la irresponsabilidad.

4. Cuarta reacción: la imaginación

Este es el ciclo de la vida de muchas de nosotras, las feministas. Ya estamos acostumbradas a que se nos trate de convencer de que las necesidades de la mitad de la población no son importantes, de que calladitas nos vemos más bonitas, de que si no lo pedimos bonito no cuenta, de que por eso nadie nos apoya, etcétera. Pero eso no nos ha detenido nunca. Porque sabemos que estamos ante el umbral de un cambio importante, de ahí la virulencia de las respuestas hacia lo que decimos: "Sí, toma tus derechos, pero me preocupa que se deseroticen los senos femeninos porque es uno de los privilegios que no estoy dispuesto a ceder. ¿Que tienes que darme permiso de tocarlos primero? ¡A mí me dijeron desde chiquito que eran míos! ¡NOOOOO!"

Valeria Luiselli menciona que una de sus amigas trabaja en un traje de astronauta que sea capaz de absorber el flujo menstrual de las portadoras para aprovecharlo como un recurso. Es emocionante que todos los trabajos acerca del cuerpo que numerosas feministas han hecho a lo largo del siglo veinte, desde la era Sputnik (como Luiselli lo ubica temporalmente) hasta la actualidad, se vaya concretando en proyectos como ése, y en muchos otros. Es decir: los feminismos, como la ciencia, como la historia, como el conocimiento humano, se van construyendo plural y colectivamente, a lo largo del tiempo. Quién sabe cómo nos verán las muchachas del futuro a nosotras, las que salimos con pancartas porque no podemos dejar de hacerlo, pero también nos dedicamos a imaginar superheroínas  o distopías donde hay puro vientre de alquiler o utopías donde la violencia contra nosotras forma parte de un pasado al que nunca más volveremos. En la imaginación nacen la compasión, la amistad y el futuro, ¿cómo no fascinarse ante ella? La imaginación es, no un sustituto para el feminismo "poco estimulante" que sí puede complacer al "analfabeta político" como decía Bertol Brecht (o los que sufren, qué suerte tienen, de "aburrimiento político"), sino una mancuerna indispensable, luminosa. 
Si una discusión nos produce bostezos: ¿por qué no contribuir imaginando nuevos caminos para ella? Muy probablemente nos daremos cuenta de que alguien ya lo hizo antes que nosotras. No importa: de eso se trata. Aprendamos, dialoguemos. Sigamos imaginando.

Se me ocurre que imaginación es con lo que podemos contribuir quienes escribimos. A eso se le podría añadir: imaginar compasivamente. Por lo menos, eso es lo que yo quiero hacer cuando escribo no sólo una opinión, sino las ficciones (ese lujo, esa alegría, esa discreta necesidad en las horas oscuras). Sí, hablar de mi experiencia, pero también imaginar otras, y honrar las que no son mías, pero que percibo día a día. Porque si no hablamos, no nos dejan existir: compruébenlo abriendo cualquier libro de la historia de la literatura, o del arte, o de la economía, o de la ciencia. 

"Escribo para grabar lo que otros borran cuando hablo", dijo Gloria Anzaldúa en su maravillosa carta a escritoras tercermundistas.

Eso es lo que deseo para mí, que he escrito muy poco, pero también para mis colegas, y para las autoras que vienen, eso que yo le aprendí a Gloria Anzaldúa y a Ursula K. Le Guin:

"Ahora, esto es lo que quiero: Quiero escuchar sus juicios. Estoy harta del silencio de las mujeres. Quiero oírlas hablar todas las lenguas, ofreciendo su experiencia como su verdad, como verdad humana, hablando del trabajo, sobre hacer, sobre deshacer, de comer, de cocinar, acerca de la alimentación, acerca de tomar una semilla y devolverla hecha vida, acerca de matar, acerca de sentir, de pensar; acerca de lo que hacen las mujeres; acerca de lo que hacen los hombres; sobre la guerra, la paz; acerca de quién presiona los botones y qué botones son los que se presionan y acerca de si presionar botones es, a largo plazo, una buena ocupación para los seres humanos. Hay un montón de cosas de las que quiero oírlas hablar.
Esto es lo que no quiero: No quiero lo que tienen los hombres. Estoy contenta dejándolos que ellos hagan su trabajo y hablar de lo que tienen que hablar. Pero no quiero y no voy a tenerlos aquí pensando o diciéndonos que la suya es la única manera de trabajar o de hablar válida para los seres humanos. No dejemos que nos quiten nuestro trabajo, nuestras palabras. Si pueden, si lo desean, dejémoslos trabajar con nosotras y hablar con nosotras. Todos podemos hablar la lengua materna, hablar con la lengua paterna, y juntos podemos tratar de escuchar y hablar ese lenguaje que puede ser nuestra verdadera manera de estar en el mundo; nosotros, que hablamos de un mundo que no tiene palabras, salvo las nuestras. Yo sé que muchos hombres e incluso algunas mujeres tienen miedo y se enojan cuando las mujeres hablan, porque en esta sociedad bárbara, cuando las mujeres hablan con honestidad hablan subversivamente, no pueden evitarlo: si se está por debajo, si te mantienen sometida, tendrás que salir, y subvertir. Somos volcanes. Cuando las mujeres ofrecemos nuestra experiencia como nuestra verdad, como una verdad humana, todos los mapas cambian. Hay nuevas montañas."*

Imaginar, pues, otras maneras de estar en el mundo, de acercarnos a las desconocidas, de construir caminos hacia las que no son como nosotras, de reinventar la amistad entre mujeres y entre hombres y mujeres, el amor de pareja, el placer, la maternidad, la no maternidad, la soltería, la espiritualidad, la creación artística. Imaginemos nuevas maneras de estar ahí para luchar por los derechos de todas, las que marchan a nuestro lado y las que nos tiran de a locas, de las que no comprendemos y de las que no nos comprenden; otras maneras de estar ahí que no sean hablar nada más sino también escuchar y callar. 

Por suerte no, no hemos vuelto al "feminismo del pasado", de hecho, ése nunca se ha ido porque no hemos logrado aún todo lo que nuestras predecesoras imaginaron. Estamos ante una posibilidad inmensa, ante un lienzo enorme que no está en blanco, pues contiene todas esas luchas, todas esas experiencias, pero promete infinitas combinaciones. Lo que estamos experimentando no es nuevo, y al mismo tiempo, es inédito, porque nosotras ya hemos comprobado que podemos hacer que el mundo cambie. Es natural que a quienes no les convenga tengan miedo, y prefieran que las cosas se queden como están. ¿Se dan cuenta de que estamos al filo de un terremoto como pocas veces lo ha habido? 

Seamos volcanes, cambiemos el paisaje. Hagamos que se alcen esas nuevas montañas.





*Now this is what I want: I want to hear your judgments. I am sick of the silence of women. I want to hear you speaking all the languages, offering your experience as your truth, as human truth, talking about working, about making, about unmaking, about eating, about cooking, about feeding, about taking in seed and giving out life, about killing, about feeling, about thinking; about what women do; about what men do; about war, about peace; about who presses the buttons and what buttons get pressed and whether pressing buttons is in the long run a fit occupation for human beings. There's a lot of things I want to hear you talk about.
This is what I don't want: I don't want what men have. I'm glad to let them do their work and talk their talk. But I do not want and will not have them saying or thinking or telling us that theirs is the only fit work or speech for human beings. Let them not take our work, our words, from us. If they can, if they will, let them work with us and talk with us. We can all talk mother tongue, we can all talk father tongue, and together we can try to hear and speak that language which may be our truest way of being in the world, we who speak for a world that has no words but ours. I know that many men and even women are afraid and angry when women do speak, because in this barbaric society, when women speak truly they speak subversively - they can't help it: if you're underneath, if you're kept down, you break out, you subvert. We are volcanoes. When we women offer our experience as our truth, as human truth, all the maps change. There are new mountains.

Discurso de inicio de cursos para las estudiantes del Bryan Mawr College, 1986.


jueves, 26 de enero de 2017

La bienvenida

Norma Romero esperando a los migrantes montados en La Bestia. Fuente (y más información para ayudar)

Hojeando al azar un muy bonito libro de historia de Nueva York, me encontré con el soneto de Emma Lazarus que acompaña en una placa de bronce a la famosa Estatua de la Libertad. Me conmovió ver su caligrafía en esa hoja amarillenta (la imaginé calculando las ideas, las sílabas) y me entristeció un poco que no supiera la suerte que corrieron sus palabras, pues la placa se colocó en la estatua hasta 10 años después de su muerte. Dice:

El nuevo Coloso
No como el gigante de bronce de la fama griega
De conquistadores miembros a horcajadas de tierra a tierra;
Aquí en nuestras puertas del ocaso bañadas por el mar, se yergue
Una poderosa mujer con una antorcha, cuya llama
Es el relámpago aprisionado, y su nombre,
Madre de los exiliados. Desde su mano de faro
Brilla la bienvenida para todo el mundo; sus apacibles ojos dominan
El puerto de aéreos puentes que enmarcan las ciudades gemelas,
"¡Guarden, antiguas tierras, su pompa legendaria!" grita ella
Con silenciosos labios. "Dame tus cansadas, tus pobres,
Tus hacinadas multitudes anhelantes de respirar en libertad,
El desdichado desecho de tu rebosante playa,
Envía a estos, los desamparados que botó la ola, a mí
¡Yo alzo mi lámpara detrás de la puerta dorada!"*


No lo conocía y me sorprendió por varias razones: porque es hermoso, por el hecho de que sea de una poeta judía, y porque, según refiere el libro, fue el poema de Lazarus el que convirtió un simple ornato republicano en lo que la estatua significó para mucha gente después: un símbolo de protección y esperanza para "tus cansadas, tus pobres, tus hacinadas multitudes anhelantes de respirar en libertad" que llegaban a la costa norteamericana con la esperanza de construir una vida digna, lejos de la miseria y de la violencia. El libro refiere esto de Paul Auster: "El Nuevo Coloso reinventó el propósito de la estatua, convirtiendo a la Libertad en una madre acogedora, el símbolo de la esperanza para los marginados y oprimidos del mundo".

Y en medio de esta semana del mundo en llamas (y en la que, en mi esfera pequeñita, a mi seudopausa del mundo por fin llegaron los invitados incómodos: la soledad, la enfermedad, el miedo, las pesadillas), he pensado en el soneto, en la relevancia que tienen las palabras para mantenernos de pie, y en lo imprescindible que resulta el cuidado de las unos a los otras si queremos hablar de libertad. 

Cuidar ha sido, históricamente, "asunto femenino", y no porque esté en la naturaleza de las mujeres y esas jaladas: cuidamos porque se nos ha obligado a hacerlo, pero también porque somos las que sabemos cómo hacerlo, nuestra educación y socialización han girado en torno a ello. También lo hacemos voluntariamente porque somos conscientes de la ruina que sería el mundo si nadie más lo hiciera. Quienes han decidido responsabilizarse de la vida y comenzar a cuidar del resto habrán entendido que el amor –en su sentido más amplio, el de la simple y llana humanidad– implica reconocer lo que el otro necesita para existir, para crecer, para curarse, y ayudarle a obtenerlo.





Lo contrario del odio, de la violencia, de la voracidad ególatra que hoy nos ataca desde el imperio de la Trump Tower es justo lo que promete la señora de la antorcha en voz de Emma Lazarus: cuidar, proteger, dar refugio. Las feministas tenemos muy asumida la necesidad de aprender a ser madres de nosotras mismas y de nuestras mujeres cercanas; pero sobre todo la necesidad de ser, con las otras, con las desconocidas, como sería una madre: compasivas, generosas, honestas, protectoras. Y si vieran qué consuelo es hablar entre nosotras en las horas oscuras, si vieran qué posibilidades de pronto tiene la vida nada más por el hecho de escucharnos o de darnos un abrazo. 

No es feminismoidealistacursi, es de hecho una tarea ardua, y que no termina nunca.

Si más hombres (y las familias, las empresas, los gobiernos) no sólo se beneficiaran de los cuidados que las mujeres a su alrededor les prodigan, sino que decidieran replicarlo en sus otras relaciones... 
Si todas las personas asumiéramos que es indispensable para la vida ser, de una forma u otra, un refugio...

Como Las Patronas, para tanta gente.

Lo único que se me ocurre para lidiar con el horror que empieza a extenderse es eso: cuidar. 
Que nuestros oídos, nuestras manos, nuestras palabras; que nosotros seamos para las demás personas todas las bienvenidas que se nos están negando ahora. 






*The New Colossus

Not like the brazen giant of Greek fame,With conquering limbs astride from land to land;Here at our sea-washed, sunset gates shall stand A mighty woman with a torch, whose flameIs the imprisoned lightning, and her name Mother of Exiles. From her beacon-hand Glows world-wide welcome; her mild eyes command The air-bridged harbor that twin cities frame. "Keep, ancient lands, your storied pomp!" cries she With silent lips. "Give me your tired, your poor, Your huddled masses yearning to breathe free, The wretched refuse of your teeming shore. Send these, the homeless, tempest-tost to me, I lift my lamp beside the golden door!" 

-Emma Lazarus, 1883.

(Gracias, por cierto, a todas las personas que han cuidando de mí, cerca y lejos).




martes, 10 de enero de 2017

Agonalia: todo lo demás (no) es ruido


En la Agonalia de este año, Jano entreabrió una puerta que lleva directito a mi 1988. No sé por qué, supongo que de alguna manera nuestros años del presente, del futuro y del pasado discurren en vías paralelas, y a este cumpleaños le ha tocado el turno a la época en que yo tenía entre 8 y 9 años. 

Inspirada quizá en parte por Charlie Brooker y su playlist para San Junípero, pero sobre todo por Música de mierda, un ensayo magnífico sobre la música popular, la sensiblería y el clasismo subyacente a la jerarquización del buen y el mal gusto (una lectura que desde ya les prescribo a todos ustedes, zombis, sobre todo si les gusta la crítica cultural y/o artística, especialmente si son más bien snobs), me puse a repasar las canciones favoritas de cuando mi gusto musical era eso: gusto, placer, una nebulosa compuesta por lo que mis papás escuchaban, lo que mi hermana (y sus amistades) me descubrían y mis propias inclinaciones hacia ciertas expectativas, sensaciones y narrativas originadas no sólo en la música en sí, sino en el cine, la tele y los libros que engullía también. 

El resultado es esta playlist en Spotify que decidí regalarles a ustedes tres (3) lectores de este blog/ encantadora gente que llega aquí por azar desde el espacio exterior, etc., para que la escuchen mientras trabajan o se mueven por sus rumbos y así festejar mi cumpleaños de la forma más expansiva e invasora que existe: a través de los sonidos y los recuerdos.  No les pediré que lo aprecien: no se ofendan, pero no me importa si no lo hacen. Me parece un bonito ejercicio para autocelebrar mi paso por la tierra dejar que le pegue el sol a los cimientos de lo que todavía me conmueve, me divierte o me da pena-ajena-propia, de Creedence a Mecano vía Rocío Dúrcal, con una parada en el soundtrack de Beetlejuice.



Ojalá les divierta tanto como a mí y se animen a asumir sus propias historias sin tener que medirlas en  la limitada escala de lo cool, o que por lo menos les recuerde sus propios asuntillos de entonces. Y si no habían nacido, ojalá que sea mío el placer de presentarles sendas joyas como Lucía Méndez o The Art of Noise para que tengan de qué hablar con los desconocidos en las fiestas.

Porque como he vivido un poco apartada del mundo en estas semanas y ando, digamos, verborreica, extraje algunas de las canciones más significativas y amplié mi experiencia con ellas aquí abajo. Adelante, lean si lo suyo es el voyeurismo cursi y procrastinador. 


No están en orden de preferencia o importancia.




"Ahora te puedes marchar", Luis Miguel 



Nunca me gustó Luis Miguel. Su rostro me parecía entre leonino y ratonil,  su música era igual a la de los anuncios de Gansito Marinela –ese saxofón insistente– y me desconcertaba que siempre andaba enamorado de puras señoras (o viceversa). Pero esta canción era la favorita de mi maestra de 3º C, que por las tardes me preparaba lecciones en su casa para presentar un difícil examen de admisión. Mi familia y yo nos cambiaríamos de casa al año siguiente y, por ende, mi hermana y yo dejaríamos la escuela donde todomundo nos quería mucho para irnos a otra escuela de monjas, donde fuimos MUY miserables una buena temporada. No sabía lo que se venía: mis primeras desilusiones de la gente, de mí misma, del aprendizaje, de la religión, en fin... así que recuerdo como horas felices las de esa inocencia, cantando esta canción despechada a grito pelado junto a la miss Gloria, en el asiento del copiloto de su coche, sin cinturón de seguridad ni vidrios arriba ni seguros puestos ni nada que indicara que en el mundo había cosas malas.



"Dear Prudence", The Beatles




Los Beatles son mi equivalente personal a las citas citables de El Padrino, cosa que en la nueva escuela no apreciaron nada, pues solía decirles a las niñas que me caían mal "Eres como el Nowhere Man" o "Tienes cara de blue meanie". Y aunque gracias al amor familiar por los Beatles tengo un recuerdo para cada una de sus canciones, debo decir que la de ese entonces era "Dear Prudence", salida del White Album que mi hermana y yo escuchábamos obsesivamente esos días. Me gustaba mucho imaginar que invitaban a "la Prudencia"(es decir, a la virtud, no a "la muchacha") a salir a jugar. Y me gustaba ponerme melancólica a propósito, pues porque #NiñaEmo.



"Boogieman", Tahiti




Ya expliqué mi tormentosa relación con Los Verdaderos Cazafantasmas, "Both literally and figuratively", SNORT. Tanto el score como el soundtrack eran realmente buenos, cada uno a su manera (para el ñoñómetro, pueden descargar aquí la "música de fondo" de muchos de los episodios :B). 
Pero que hubiera un dueto de chavitas cantando canciones de "susto" me sulibeyó por completo. Gracias, internet, por devolvernos las canciones jalogüinescas de Tahiti.



"Qué no hay (xxx)", Miguel Bosé




Una vez superado mi crush con el Cantinflas de caricatura del Cantinflas Show (¿cómo no iba a gustarme si el tipo viajaba por el tiempo y por todo el mundo y hacía reír a las más guapas?), por supuesto que estaba enamorada de Miguel Bosé. Pero su coronación como rey de mi subconsciente llegó con el disco xxx, que me sigue pareciendo una joya perdida del pop español más raruno. Las letras de Bosé  siempre fueron un mismo jabberwocky  revolcado en cada disco desde Salamadra, pero en xxx el porno sugerido en el título es una falsa pista. Son, quizá, tres cruces que indican el lugar indeterminado de un tesoro, porque la música y las palabras aquí son una cadena de enigmas, tropos torpes e imágenes incoherentes, referencias a la Biblia y, de cuando en cuando, frases de oro (¿"Samurai, corazón valiente de armadura carey"? "¿Vagabundo demente ebrio en luna maguey? ¿"Oh, mi libertad, ¿qué impuesto mágico me has de costar?"? KHÉSESTO). La canción me sigue fascinando. Estoy segura de que en alguna parte sus raros acordes entreabren una puerta. Ese misterio que se atisba, esas sensaciones indefinibles, son las recompensas de la música que más disfruto. Nolehace que después haya hecho Papitwo y et. al :(



"Quiero ser santa", Alaska




Alaska provocaba tantas reacciones negativas a mi alrededor que mi primer impulso era defenderla, pero a los ocho años, ¿cómo y con qué? Sí, con A quién le importa, claro, pero eso era casi casi una grosería. Mi segundo impulso, y el más importante, era imitarla, dentro de mi cabeza solamente, por supuesto. Creo que hasta ahora nadie lo sabe, pero por su culpa invoqué a Isis en la clase de deportes y me encerré en un círculo protector dibujado en la tierra del parque para decir los seis nombres del demonio, con lo cual me gané varios reportes monjiles a casa. Lo importante es que TODAVÍA quiero ser una santa que levita por las mañanas y verme como Alaska al mismo tiempo (¡te amo, Olvido!).



"Rite of spring", Igor Stravinsky



La preferencia por la música de concierto (y por los soundtracks) empezó con la obviedad de haber visto Fantasía en el cine y haberme quedado en el viaje. Fantasía-la-película y Fantasía-el-disco, en general, eran lo máximo para mí. Pero el fragmento musicalizado con esta pieza caló varias circunvoluciones en mi cerebrito. En primera, el misterio contenido dentro de esas escalas, esa melodía impredecible, los medios tonos y las alarmantes cuerdas. 


En segunda: el misterio contenido en el relato del origen de la vida, la evolución, la decadencia y la muerte expresadas con una belleza pasmosa, compleja, que sin embargo estaba hecha con un código comprensible para cualquiera. Me gusta mucho este resumen en 24 cuadros de semejante perfección. Dejo aquí la versión con la impresionante coreografía y montaje de Pina Bausch, porque ese cacho de Fantasía no está completo en YouTube :(
Pero si quieren revivir esa maravilla de Disney, pueden verlo aquí, en varias partes. 



"(Just like) Starting Over", John Lennon




George Harrison es mi Beatle, pero tuve una etapa de amar rrrrecio a John Lennon, y debo decir que, como reza la canción, la culpa de todo la tiene Yoko Ono. Porque además de que ella me parecía brillantísima y enigmática (además de una mala cantante, claro), era intrigante la manera en que exhibían su amor, y ese idealismo compartido por ambos que, hoy diríamos, es muy de SJW, lo cual me parece perfecto. Pero bueno, el caso es que el Double Fantasy, y esta canción en particular, me parecían lo más romántico del mundo. "(Just Like) Starting Over" forjó mi idea de un amor distinto al de las mariposas en la panza: el amor que, suponía, se tendrían mis padres, o la gente grande cuando sí era feliz. Y ahora que comprendo exactamente qué clase de amor es, confirmo sin asomo de cinismo esa primera impresión.



"Moments In Love", The Art of Noise




Supongo que el momento New Age era inevitable. The Art of Noise llegó a mi walkman gracias a un novio de mi hermana (ajá, igual que en The Perks of Being a Wallflower), como muchas otras bandas y canciones, y aunque repetí una y otra vez todo el The best of antes de irme a dormir, esta fue la canción a la que regresaba, porque al cerrar los ojos me provocó imágenes aleatorias, desencadenadas y extrañas, muy probablemente influida por la estética  de los anuncios de Alcohólicos Anónimos que pasaban en la tele: playa al atardecer, gaviotas, romper de olas, nubes rosadas. La sensación que todavía persigo en la música que escucho, la de hallar atmósferas distintas para habitar, viene de acá, supongo.


"No controles", Flans




Creo que aún no valoramos a Flans en su justa medida. Estoy pensando seriamente en darle un curso intensivo a mi sobrina de toda su discografía, porque me causa asombro descubrir que la mayoría de sus canciones carecen de la birria sentimental-romanticoide que suele tener cierto pop "para niñas". Incluso cuando Ivonne, Ilse y Mimí hablaban de amor, ligue, dolorosas rupturas y Deltipoquetegusta, parecían siempre tener muy claro qué era lo que querían, o experimentaban la confusión de forma ingeniosa, llena de recursos que no están exentos de ternura. Tengo varias favoritas, pero "No controles" (una más de Nacho Cano) me encanta porque ofrece algo insólito: a Ivonne como protagonista y en plenitud de sus poderes. Amábamos su morenez y rebeldía tanto como éstas escandalizaron a quienes sólo toleraban que los modelos a seguir de sus hijas fueran güeritas bienportadas. Gracias infinitas, feminismo del Canal 2: no creí que tal cosa fuera posible <3



"Lullaby", The Cure




Junto con los Beatles, mi hermana y yo escuchábamos a The Cure como el pan de cada día. Mi mamá se burlaba de Love Song diciendo que era la canción donde Robert Smith gritaba la palabra "abulón", y mis primos discutían si el pobre era lo máximo o si era "maricón". A mí lo que más me gustaba, además del genderbender góticopop, es que a veces me diera miedo y a veces ternura; The Cure era, pues, la combinación perfecta del "Me asusta pero me gusta" que también me daban Stravinsky y Alaska. Y como que todas las cosas buenas de la vida, semehace.



"Un alma en pena", Lucía Méndez (y Juanga)




Ah, nuestro propio Thriller local y virreinal. Todavía no he contado la historia de mi obsesión con El extraño retorno de Diana Salazar. Quizá deba dejar que mi familia se las narre: se van a reír más. Baste, por el momento, saber que pedía que me hicieran las trenzas ésas tipo Las meninas y que me desesperaba mucho la discrepancia entre el 1627 que la canción ubica como el inicio de la historia de Diana Salazar y el 1640 que, de hecho, establece la telenovela en su primer capítulo (su servidora, cazando anacronismos desde 1988 :B).



"Stand by me", Ben E. King




Cuando vi la película de Rob Reiner (la adaptación de "El cuerpo", ese hermoso cuento del otoño perteneciente a Las cuatro estaciones de Stephen King) me enamoré de las canciones viejas y de las historias en las que un señor que no salía en la película –o salía hasta el final, como aquí Richard Dreyfuss, escritor, frente a una computadora de 1986– contaba algo importante que le había pasado hacía mucho tiempo, en otra época. La última línea: "Jamás volví a tener amigos como los que tuve a los doce años", cortesía de King, me hizo llorar de emoción y anhelar desesperadamente amistades y aventuras. Las tuve, y con suerte, las tendré este nuevo año también.

Pienso que, como decía David Foster Wallace: "...lo que pasa por trascendencia contemporánea y cínica del sentimiento es en realidad una especie de miedo a ser realmente humano, ya que ser verdaderamente humano (...) es probablemente ser inescapadamente sentimental, cándido y propenso a la sensiblería, y por lo general patético, es ser infantil en algún trasfondo básico para siempre..."

Eso.


GuardarGuardarGuardarGuardar

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Space Bitch





Aunque estoy apenas a unos kilómetros de mi hogar defeño, ahora mismo me siento en una galaxia muy lejana. Esa galaxia no es tanto la periferia de Cuernavaca en la que se ubica esta casa como el cuarto oscuro y caluroso en el que me he encerrado a tratar de terminar un libro, a ver si me sale el truco. 
Digo que me siento en una galaxia muy lejana pero no he podido escabullirme del todo del mundanal ruido (porque eso mero, Fray Luis de León). Pero esta no es la mejor época para jugar a las escondidas, y en la breve tregua de este retiro que fue la cena de Navidad hablé con mucha gente, abracé a mis amores, lavé los trastes y me enteré de que Carrie Fisher había sufrido un infarto. Me preocupé sinceramente, como quien se preocupa por un familiar, así de ridícula –o así de amplia mi capacidad para crear lazos familiares, usted escoja–. A quienes estaban conmigo y tenían el teléfono en la mano les pregunté, cada hora "¿Hay noticias de la Princesa?". Las notas eran ambiguas, así que lo peor ya se veía venir. 
Hoy la familia geek (gracias, Engendro, queridos sobrinos y Amigueitor) me avisó por teléfono que ya había muerto, igual que sucedió con todos los otros duelos colectivos de este año: Bowie, Prince, Cohen, Juanga, y ay, en esta misma fecha, Richard Addams. Incluso por la forma en que se han transmitido estas malas noticias se refuerza la sensación de que se pierde algo muy querido, muy cercano. No en balde casi todos los programas de televisión solían rematar con la frase "Gracias por dejarnos entrar hasta sus hogares". En verdad entraron, se quedaron, durmieron en nuestras camas y se bebieron nuestra sopa, la que nosotros, reverenciándolos, servimos con cuchara de oro a todos esos hermosos desconocidos.


Francamente estoy tristísima, como pocas veces, porque la princesa Leia significa mucho para mí. Y aunque ahora mismo me siento muy sola sin la posibilidad de chillar rrrrecio y colectivamente en Twitter, sé que no lo estoy. La Fuerza sufrió una terrible sacudida el día de hoy y hasta acá percibo a quienes están tristeando durísimo ahorita (y los abrazo).
Pero quisiera hablar, más que de la tristeza compartida por todos los que amamos Star Wars, de una más específica: esa que sentimos –estoy segura– las mujeres que crecimos bajo el ala reconfortante del peinado rarísimo y la lengua filosa de la Princesa Leia. Porque, miren:


Yo tenía cuatro años cuando la fiebre por la última cinta ochentera de La Guerra de las Galaxias llenó la casa de arturitos, citripios y yodas para mí y para mi hermana; sin embargo, a fuerza de incontables repeticiones de El imperio contraataca grabada de la tele en la Betamax familiar, el mensaje caló hondo: 1) Hay que dejarse el pellejo hasta acabar con el maldito imperio/el mal/las injusticias de la vida, 2) Si nadie se pone las pilas, una misma tiene que hacerse cargo, y tratar de proteger a los que una... ya saben; y 3) La fuerza está con nosotros, claro.


Leia dejó una impronta tan firme en mi cabecita que me acostumbré a esperar eso de las películas (y de la vida, para mi desgracia). Tan poderosa puede ser la identificación que para mí ella siempre fue el corazón de la saga, como lo sintetiza Tricia Barr en Cómo Star Wars me hizo feminista–aunque la franquicia no lo era: "En la Princesa Leia vi a un héroe, y en Luke, el camino para convertirse en un héroe como Leia", un sentimiento que me invadió de nuevo con el final de Rogue One, con todo y sus asegunes, pero eso da para otro post. Quizá lo escriba en un día más alegre que éste. 
Aunque es francamente un incordio, entiendo a lo que se refieren quienes me envían mensajes sorprendidos y hasta de felicitación porque me gusta Star Wars a pesar de que soy mujer (por favor, ya no hagan eso: en realidad no es un halago porque no es realmente raro, ni algo que adoptamos buscando que alguien nos "premie")



Como la misma Carrie Fisher lo dijo: "No hay que olvidar que estas películas son básicamente fantasías para muchachos", así que un montón de detalles dentro y fuera del universo de la saga hacen perfectamente comprensible el hecho de que los siete episodios y sus derivados no estén dentro del espectro de atención de muchas de nosotras; pero el personaje de Leia fue tan contundente, en gran medida gracias a la interpretación de Fisher, que puso en marcha una compleja e imparable maquinaria de historias y personajes femeninos que seguimos cosechando hasta ahora, y que desde el principio atrajeron a una legión de chicas para formar parte de la tripulación. No les vendría mal un poco de repaso de historia pop, muchachada: sepan que muchos de los primeros clubes de fans de Star Wars fueron comandados por ellas, aunque algunas preferían ser Han Solo a ser Leia (no hay que perder de vista que tampoco es indispensable sentirse atraído por algo a través de la representación). Para conocer ese universo paralelo en donde las fans eran tantas que se preguntaban dónde estaban los admiradores de la saga, lean Where The Boys Are de Pat Nussman, publicado en un fanzine en 1981. O échenle un ojo a este sitio de GeoCities (¡uuuhhh!) hecho por unas fans en 1997 para ñoñear acerca de las mujeres en Star Wars


Ahora: lo que la Princesa Leia implicó para la ficción crece y se ennoblece aún más con lo que la vida de Carrie Fisher representó también para Hollywood y para el mundo real. Aunque no lo parezca, estas dos esferas conviven muy bien en la misma frase: conocer cómo funciona la fábrica de los sueños puede extinguir las mismas ganas de soñar, aunque ese no fue el caso de nuestra querida Generala. Desde que su papá dejó embarazada a su mamá para luego fugarse con Elizabeth Taylor, Carrie Fisher fue testimonio de los estragos ocasionados por un sistema que pondera la apariencia física antes que cualquier otra cualidad humana, un ecosistema que considera indispensable la aprobación de los demás y deseable el escrutinio morboso de la vida privada. Nos advirtió de sus consecuencias (y no le hicimos caso, pues en los últimos años éstas se han convertido en voluntaria sobreexposición), pero también las asumió como parte de sí misma con humor y sabiduría, incluso, más que capitalizarlas, las puso sobre la mesa por si le eran útiles a alguien más, como su participación en The secret life of the Manic-Depressive, un conmovedor documental de Stephen Fry que les recomiendo ver completo:



Como siempre pasa con las personalidades públicas, más si son mujeres que le resultaron incómodas a la industria del entretenimiento, esta parte de la vida de Fisher es la que suele monopolizar los titulares, pero en realidad fue ella quien la entregó a los reflectores con generosidad, honestidad y gracia. Al hacerlo acompañó a muchísimas personas en sus propios procesos para lidiar con las enfermedades mentales, las adicciones o el simple y llano fracaso.
Carrie Fisher, además, fue una buena escritora que se arriesgó a contar lo que quiso, costase lo que le costase. Al final de esta entrevista, menciona cierta reseña negativa hacia Postcards from the edge, uno de sus libros (que siempre fueron prácticamente autobiográficos). "¿Quién puede conectar con la vida de esta chica? Nadie", dijo el crítico, a lo que ella responde aquí: "Son los sentimientos los que nos conectan. No es lo que te pasa, es cómo te lo tomas. Cuando lo escribí, cuando fui capaz de hacerlo, haya sido bueno o malo, fue un logro completamente mío. O mi propio... lo que sea".



También fue una afiladísima Script Doctor, es decir, una guionista de emergencia que mejoró los guiones de varias comedias memorables de los 90 sin llevarse crédito alguno por ello. Cuando este trabajo se convirtió en una más de las abusivas formas de explotación para la gente creativa, renunció sin quedarse callada. Este video de The Mary Sue resume lo que también debería formar parte del legado de Carrie Fisher en Hollywood: "No dejes que se aprovechen de ti. Valórate, lucha por tu propia causa, sé tu mejor defensa".


Volviendo a Leia, debo confesar que ésta me parece una época extraña en la que la omnipresente nostalgia y la celeridad con que podemos producir y reproducir aquello que nos construyó –a determinadas generaciones– nos ha dado la posibilidad de vincular la ficción y la vida ordinaria en segundos finales, en recapitulaciones y reescrituras interminables que, al mismo tiempo, pretenden ser definitivas: un punto final para la infancia, para ese pasado compartido. Aunque, por ejemplo, vimos crecer a Harry, Ron y a Hermione en la pantalla mientras nos hacíamos adultos, no imaginé que veríamos a la Princesa Leia convertirse en una mujer madura y sufrir el dolor de perder tanto a su hijo en el lado oscuro como a Han Solo en la muerte. Personalmente, habría preferido verla como se propuso en las historias del universo expandido de Star Wars: como una Jedi. Creo que, como fan de Star Wars, lo que más me duele es que esa posibilidad se ha ido para siempre, aunque algunos aún especulan que podría ocurrir en el Episodio VIII.

A muchos no les gustó The Force Awakens, pero a mí me fascinó precisamente porque, si bien Leia escogió enlistarse en las filas de la guerra y no en las de la paz, pude ver a Rey como hubiera querido verla a ella: mi corazón saltó fuera del pecho cuando el sable láser voló hasta su mano, y cuando fue capaz de ser una con La Fuerza en medio de un angustiante duelo.


Lo que siempre echo en falta cuando veo alguna película de la saga, e incluso cuando vi esa maravilla que es Rogue One, es precisamente poder disfrutar dentro de las historias ese vínculo que las espectadoras creamos con Carrie Fisher fuera de las salas de cine: escuchar cómo es que una de nosotras se opuso a lo que la dañaba, cómo triunfó, qué sintió cuando se hizo mayor, a qué cosas sobrevivió, cómo se hizo sabia. Carrie Fisher nos dijo que estaba bien tener miedo, porque hay cosas escalofriantes allá afuera; pero que también vale la pena enfrentarlas, sin importar que no seamos perfectas. Esa semilla de las mentoras está en TFA gracias a Maz Tanaka y a la presencia madura de la Generala Leia, pero aún no alcanza el nivel de la relación entre Obi Wan Kenobi y los Skywalker. Es una gran deuda por saldar.

Y buéh, claro: como se atrevió a envejecer, ni Leia se libró de los trolls, a quienes les respondió como se debe:


De entre las cosas que comienza a desenterrar la arqueología electrónica, me conmovió esta entrevista que Carrie Fisher dio a Carol Caldwell para la Rolling Stone en 1983. En ella, describe a Leia como una "Space Bitch" y consulta a Bruno Bettelheim para aclarar sus ideas respecto a Star Wars:
¡Las películas son sueños! Y trabajan subliminalmente. Se puede interpretar a Leia como capaz, independiente, sensata, una soldado, una luchadora, una mujer en control –"en control" es, por supuesto, inferior a "Ama"–. Pero se puede retratar a una mujer que es una experta y supera todos los prejuicios femeninos si la haces viajar en el tiempo, si le agregas una cualidad mágica, si la estás tratando en los términos de los cuentos de hadas. La gente necesita estas proyecciones más grandes que la vida. ¡Espera! Escucha esto –
La entrevistadora anota: "Oh oh. Ahora está sacando su libro de Bruno Bettelheim. Vuelve las páginas de Los usos del encantamiento: el significado y la importancia de los cuentos de hadas y encuentra una nota de pie de página –una cita de Mircea Eliade..."
Carrie de nuevo: ¡Ah, aquí! "Esto equivale a decir que los escenarios iniciáticos –incluso camuflados, como en los cuentos de hadas– son la expresión de un psicodrama que responde a una profunda necesidad del ser humano. Todo humano quiere experimentar ciertas situaciones peligrosas, confrontar pruebas excepcionales, abrirse camino en el Otro Mundo y experimentar todo esto, en el nivel de su vida imaginativa, oyendo o leyendo cuentos de hadas". Ahí lo tienes. Es por eso que Star Wars es atractiva: ves a alguien luchar contra el monstruo peligroso. Todos estamos buscando una prueba externa que nos cambie internamente.
Ella las halló de sobra, y las compartió con nosotros, en el arte y en la vida. 

Salgo a tomar aire. Afuera de esta microgalaxia, en el horizonte que no me había asomado a ver, el sol brilla como se supone que debe brillar en este lugar (como si no existiese el invierno) y una multitud de pájaros que mi ignorancia chilanga no puede nombrar sesionan en su parlamento de un extremo a otro del río, cuyo rumor apenas se escucha detrás de las ráfagas de los coches lejanos que cruzan a todo trapo la autopista hacia sus vacaciones. La belleza de todo esto parece ignorar que la gasolina va subir, que el mundo es un asco y que seguramente no va a mejorar sólo porque la cifra del año cambie. 
Vuelvo a mi galaxia lejana: regreso a la habitación, a tratar de terminar de escribir la historia de dos monjes de Suffolk que deciden viajar hasta Roma para conseguirle a una niña de piel verde, venida de otraparte, un alma cristiana e inmortal. ¿A quién carajos le va a importar esto? Y además no sé si lo consiga. Tengo miedo. 
Pero menos que antes cuando recuerdo:


Gracias por la compañía, la inspiración, las lecciones que no se acaban aquí, Space Bitch. Te querré siempre.



GuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardarGuardar