viernes, 12 de agosto de 2016

Yo, Cazafantasmas



Esta soy yo en mi cumpleaños. Quise que me tomaran una foto con mis regalos:




Me gustaba hacer enojar a mi hermana, el engendro que está dormido ahí atrás; me gustaban los gatos, los cómics, las películas, los cementerios, las historias de fantasmas (y El extraño retorno de Diana Salazar, aunque eso mejor luego se los platico). Pero unos meses después, lo que más me gustaba en todo el mundo eran Los Cazafantasmas. O, para ser más precisa, Los Verdaderos Cazafantasmas. Este es mi pastel de cumpleaños, y mis nuevos regalos.  (Y las manos de mi abuelita Paulina, ay).



Había visto Ghostbusters y me había encantado, pero fue gracias a la caricatura que pasaban en Imevisión a las 7:00 p.m. que quise ponerme un paquete de protones en la espalda DE INMEDIATO.



Para empezar, las historias en cada episodio eran increíbles. Los fantasmas podían ser simples plagas domésticas a las que Peter, Egon, Winston y Ray eliminaban como exterminadores de ratas, pero por lo general presentaban dilemas mucho más interesantes: luchaban contra “el coco”  –the boogeyman, que aquí tradujeron, para su desconcierto y el mío, como El duende burlón–, que vivía en una dimensión cuyas puertas de salida eran las de los armarios de los niños, el rey del Samhain, las tres fates griegas que deciden el destino humano, o el mismísimo Cthulhu. Luchaban contra un duende con cara de perro (el episodio que a mí y a mi hermana más nos hacía reír) o contra rencores capaces de desatar el fin del mundo con la melodía de una flauta en mi episodio favorito, Ragnarok and Roll.

Además de todo esto, me parece que Los Verdaderos Cazafantasmas funcionaba como una muy atractiva fantasía de la vida adulta. Eran cuatro amigos que se ganaban la vida leyendo tratados de demonología, construyendo aparatos con tecnología de punta, y salvando al mundo de las energías malignas del universo; vivían juntos en un excuartel de bomberos, la recepcionista era una chica que se preocupaba por ellos, y tenían como mascota a un fantasma. ¿Qué más se podía pedir? La caricatura tenía tanto humor y tantos momentos cotidianos de esa prometedora vida, tan diferente al inexorable destino de los grandes (familia, hijos, problemas, mal humor permanente), que para mí fue inevitable fantasear con ese futuro.

Así que éste era el plan: a los 21 años ("la mayoría de edad mundial", pensaba, porque yo no tenía idea de que los Cazafantasmas eran más bien treintones) viajaría a Nueva York y me convertiría en la quinta cazafantasmas. ¿Cómo convencería a Venkman, Spengler, Zeddmore y Stantz de que yo era la indicada? ¡Ja! Yo estaría preparadísima, más que para los exámenes semestrales. Para empezar, debía poner mucha atención a lo que ocurría en cada episodio, necesitaba comenzar a grabarlos en videocassettes y repasar lo necesario. La cita frente a la tele era ineludible, así que, después de que en el cumpleaños XV de mi hermana hice un berrinche espantoso porque me perdí un episodio, me enseñaron a programar la grabación automática de la Betamax. Todavía conservo algunos de estos:



De aquellos tiempos conservo también el que fue mi primer diario –un diario rarísimo, editado por el Colegio Cosmobiológico Solar de la Gran Fraternidad Universal, que traía cien páginas dedicadas a analizar los signos zodiacales– y a Janine, la recepcionista, vistiendo un uniforme de los cazafantasmas... color rosa. Por alguna razón, de todos los juguetes de los RGB que tuve y amé (el Ecto-1, el Fantasmaproyector, Pegajoso) sólo Janine sobrevivió. 



Después de muchas aventuras, le falta un bracito, pero aún pone la cara de espanto cuando debe.





En mi diario hay una parte dedicada a esas ensoñaciones mías de cazar fantasmas en el año 2000 (queda claro que el fantasma debía funcionar como la máxima advertencia anti-lectura de diarios ajenos).


Una de las páginas que más me enternece es ésta, en la que les doy las gracias a los Cazafantasmas y ellos "firman". Aquí también está Janine, claro. ¿Por qué? If she can see it, she can be it, dice Geena Davis. Y tiene razón: la representación nos hace sentirnos parte del mundo: estamos ahí también, ésas podríamos ser nosotras.





Janine era, en este esquema, una garantía de que yo también podía entrar en el negocio. Hubo dos episodios en los que Janine fue la quinta cazafantasmas. En ese entonces, me produjeron mucha alegría, hoy me dan un poco de tristeza. En el primero, Janine cae bajo el hechizo de Sandman, el hombre de la arena que pone al mundo a dormir, pero que en esta historia es un malvado que noquea a los humanos para que las pesadillas se apoderen del mundo. Janine lo derrota soñando que se convierte en una cazafantasmas.




En el segundo, Janine consigue que los cazafantasmas la dejen acompañarlos. Por supuesto, no tiene ni idea de cómo atrapar espectros, aunque todo cambia cuando se encuentra con una lámpara que dentro tiene un genio de los deseos. Los deseos de Janine se hacen realidad: se convierte en la jefa de los cazafantasmas y Egon se enamora de ella (porque claro, ¿qué otra cosa podría desear una chica, sino el amor? ¬¬). Evidentemente, los deseos eran la maniobra distractora del genio, que sólo estaba utilizándola para sacar de la lámpara a toda su maligna tropa. Al final, Janine es valiente y resuelve todo ese desmadre. La historia recuerda a la de Pandora y su caja, y a las de tantas otras protagonistas de sus propias historias que no hacen sino demostrar lo poco confiables y complicadas que son todas las mujeres.

Yo la quería mucho, pero no quería ser ella. Los cazafantasmas solían burlarse de lo que decía o hacía, Egon le hacía caso sólo de vez en cuando, y se perdía de toda la acción porque se la pasaba en el cuartel, sentada, esperando a que sonara el teléfono, con Pegajoso.
Tampoco quería ser como las chicas que salpicaban uno que otro episodio. Ni ser simplemente una clienta, ni "Ocupación: Interés romántico" eran algo atractivo para mí, después de todo, yo era una niña, pero ¡fiu! a finales de los 80.






Por fin, en el episodio dedicado al Necronomicón, encontré la clase de cazafantasmas que quería ser: Alicia Derleth (guiño-guiño, lovecraftianos).




"–¿Y quién es esa tal Alicia Derleth?
–Una renombrada catedrática y sabia, con un doctorado en ciencias ocultas.
(irónico) Magnífico. Apuesto a que ha de ser muy guapa y también con una gran personalidad."
El anterior es un diálogo entre Egon y Peter, el womanizer del grupo. Cuando la doctora Derleth aparece, Peter se sorprende porque de hecho, es guapa. Enseguida, le murmura a Egon: "No me parece muy inteligente". Todo un halago, por lo visto. Después de derrotar a Cthulhu, Peter la invita a salir, y ella acepta porque tiene grandes planes: quiere visitar una exposición sobre mitología egipcia, ir a una conferencia sobre jeroglíficos mayas y otra sobre los druidas... Sí, definitivamente yo era Team Alicia Derleth. El problema es que nadie le dio un paquete de protones, quizá porque los conjuros que hacía la debilitaban a punto del desmayo. Y jamás la volvimos a ver.

Me quedaba, pues, imaginar cómo sería yo, cazafantasmas, a través del juego. Asmática de toda la vida, soñaba con tener fortaleza física. Eso estaría arreglado para los 21 (#NOT). Habría estudiado “ciencias” y parapsicología. Me aprendería muy bien la Guía de espíritus Tobin, el libro de cabecera de Egon que debían vender en algún lado (sí, hice que mis papás preguntaran por ella en las librerías. Los quiero-gracias por aguantarme-perdónenme). Como no lo encontré, me estudié el Manual de experimentos parapsíquicos, El gran libro de los sueños, La pirámide sumergida en el triángulo de las bermudas y todo libro de lo paranormal que mis manitas pegajosas alcanzaran a pescar mientras esperábamos mesa para desayunar en Sanborns o en Vips. Intuí que necesitaría toda la ayuda posible: el Segundo gran libro del terror, las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, diccionarios baratos de mitología griega, nórdica, africana, los recetarios de magia blanca de Karen Lara y cualquier antología de cuentos que anunciara a Stephen King en la portada me servirían.Los dibujos de mí misma en uniforme, los planes fantasiosos, los cómics donde inventaba mis aventuras sobrenaturales, se perdieron para siempre. Yo misma los arranqué del diario, los rompí, los taché y los tiré. Me daban vergüenza. ¿Cómo podía ser tan tonta? Eso nunca iba a pasar. En primera, los fantasmas no existen. En segunda, ni era buena para "las ciencias", ni era fuerte, y ni siquiera lo suficientemente guapa para "no ser tan inteligente" como Alicia Derleth, ni para gustarle a nadie, nunca. El mundo exigía de mí otras cosas, y tenía que prepararme para ellas. Hola, adolescencia, hola, heteropatriarcado (que no es un espectro: vaya que sí existe, y nos acecha como un monstruo).


Crecí. Pero me quedé con todos esos libros, y toda esa capacidad de imaginar.
Cuando se anunció que harían un relanzamiento de Ghostbusters con Paul Feig como director, y Melissa McCarthy, Leslie Jones, Kirsten Wiig y Kate McKinnon como las cuatro cazafantasmas, sentí una emoción nada difícil de explicar: alegría pura. Porque eso fueron siempre los Cazafantasmas para mí: la posibilidad de la risa, el chacoteo, el descubrimiento y el asombro. El hecho de que el nuevo equipo estuviera conformado sólo por mujeres me pareció una gran idea, y de lo más pertinente tratándose de Feig en combinación con esas actrices. Él es uno de mis favoritos desde Freaks and Geeks (entendió la adolescencia como pocos, y sus personajes son siempre una delicia), y desde Bridesmaids (que fue toda una sorpresa para mí porque jamás pensé que me reiría tanto con una película sobre damas de honor) veo todo lo que hacen McCarthy y Wiig porque son, simplemente, brillantes. Desde que anunciaron a McKinnon y a Jones, seguí sus apariciones en Saturday Night Live y me entusiasmé todavía más. Las cuatro hacen una comedia que es agua refrescante en medio del atosigante bochorno que producen los chistes sobados de toda la vida. Me gusta mucho carcajearme hasta que me duela la panza, pero (salvo por estas actrices o Louis C.K., Amy Poehler, y un par más) hay pocos comediantes que ofrecen razones nuevas e insólitas para reír, o bien, saben aprovecharse de la incomodidad que nos generan ciertos comportamientos, expectativas y mandatos sociales para ponernos un espejo que vaya más allá del "me río porque es cierto y así son las cosas" (aunque eso cierto sea horrible y trágico), y que apuesten por decir "me río porque es ridículo, no me había dado cuenta de que así no deberían ser las cosas". Independientemente de lo positivo que resultaba ampliar la diversidad dentro del espectro mayoritariamente masculino de las películas veraniegas de Hollywood, yo ya había encontrado razones muy buenas para ir verla.








Por eso me sorprendieron tanto las reacciones de los fan-trolls con la ya famosa frase "Me están arruinando la infancia". No podía comprenderlo porque la mía, al contrario, estaba de fiesta: eso que soñé se hacía, de alguna manera, realidad. Hasta que me cayó el veinte. Según ellos, lo que yo escribía en mi diario, lo que estaba en mis juegos e imaginación de todos los días y que, de alguna forma, me construyó como la persona que soy ahora, no era mío. Y no era mío porque soy mujer, pues. Era de ellos, de los muchachos, de los hombres, del club de Tobi. No importa cuánto significaran los cazafantasmas para mí: no eran míos. Fue un claro "Retrocede, regrésate al escritorio a contestar los teléfonos con tu overol rosa que no te va a servir para nada".

Aquellos que dicen que la cuestión de la corrección política está arruinando la ficción, ¿no se han puesto a pensar que la corrección política se trata, más que de ser puritanos, de  adaptar la ficción al mundo en que vivimos hoy, donde hay personas que tienen derechos que antes no tenían, y que merecen ser tratadas con respeto? ¿Imaginar que ellas están ahí, viviendo esas aventuras, sintiéndose inspiradas, como ustedes los hombres blancos-mestizos-heterosexuales-de clase media, todas las veces que van al cine? Nosotras también queremos ver (y aprender) de los espejos, los reales y los ficticios.

El sentido de la propiedad que el fandom ha adquirido desde el cut and paste de la edición digital y el megáfono de Twitter es desconcertante. Ha pasado de ser un espacio comunitario para la nostalgia, la creatividad y la complicidad, a ser un nido de avispas furibundas, peligrosas, porque no hay que perder de vista que, cuando las simples opiniones escalan por el muro del odio, se convierten en amenazas reales que han atentado contra personas reales. Leslie Jones se fue de Twitter, por ejemplo, después de días de ser bombardeada con esta clase de comentarios.

Porque no nos hagamos: ya estamos grandecitos como para reconocer que las críticas a una película QUE NADIE HABÍA VISTO AÚN (que empezarán a ver, apenas, el día de hoy en México) han sido, en su mayoría, críticas sexistas. Sí, desde luego que ha habido críticas hacia la falta de originalidad de los estudios que recurren a franquicias reconocibles para el público con la finalidad de hacer dinero con manufacturas de baja calidad, o que querían Ghostbusters 3 con el reparto original, antes de que muriera Ramis. O no, quizá querían que las cosas se quedaran como estaban (como yo). 


El problema es que estas críticas, pertinentes en cuanto a que la producción y el consumo de bienes culturales necesitan ese ojo incrédulo y cuestionador, suele empezar con la también famosa frase "esta discusión no tiene nada que ver con el género”. Spoiler: el hecho de que digan que algo no es misógino/no tiene nada que ver con el género/ no es machista/ no lo exime de serlo en automático. ¿Por qué no hacer esa crítica "desapegada" del tema de género, reconociendo que sí hay matices sexistas en la mayoría de los "dislike" que el trailer tuvo en YouTube, o en IMDB? No me crean a mí, analicen por favor los números en este artículo. Es frustrante notar que no se dan cuenta de que hay partes en esa crítica “desapegada” que está sutilmente trenzada con la cuestión de género. Sí, el 90% de los remakes son basura (recordemos la ley de Sturgeon: el 90% de todo es basura), sí, los efectos CGI no son tan lindos como la maqueta por la que caminó el hombre de malvavisco, sí a los etcéteras, pero el “no tiene nada que ver con el género” se esfuma cuando todo esto se mezcla con “deberían ser dos y dos, para que verdaderamente sea progresista" o "deberían ser personajes femeninos creíbles", cuando no han visto cómo se desarrollan esos personajes en pantalla aún y de entrada, ya no son verosímiles, o el desconcertante "Es que se ve muy forzado por la corrección política, no es algo que les haya nacido natural". Los que dicen esto, ¿no se han puesto a pensar por qué les parece así? ¿Que no debería parecer "forzado", porque las mujeres son más de la mitad de la población mundial? ¿Y, sobre todo, porque hubo niñas que, como yo, jugaban a "coleccionar mohos, esporas y hongos" como Egon, a encontrar campos de energía con contadores Geiger o viajar al interior del contenedor de fantasmas que había en el sótano? 

Porque (y aquí voy a hablarte de tú, hombre treintón-cuarentón que sentiste arruinada tu infancia, aunque a lo mejor no lo expresaste así porque se ve mal y medio mundo te iba a linchar en Facebook) todo lo que fueron los Cazafantasmas fue hecho para ti, creado, pensado y destinado a ti. Ya lo tienes, es tuyo, y nadie te lo va a quitar, como nadie puede extirparte la infancia por esto (por favor). Para la industria del entretenimiento, de los juguetes, de los libros, tu infancia es la que más importa, tu representación, tu experiencia. 




Lo que ahora está ocurriendo con Ghostbusters es, sí, para nosotras, las que sentíamos y jugábamos y soñábamos con lo mismo que tú, aunque no pensaran en nosotras al hacer el catálogo de juguetes con paquetes de protones, Ecto 1 y botecitos de Ectoplasma. Si acaso nos hicieron una concesión con la Janine cazafantasmas de overol rosa (porque niñas, claro. Mi color favorito era el verde).

Pero la nostalgia es lo de menos: esto es para el futuro. Es para ellas. Para que el sueño de convertirse en científicas y atrapar manifestaciones ectoplásmicas de escala 4 y vivir en un cuartel de bomberos, sobreviviendo junto a sus amigas en una gran ciudad, y cambiar al mundo haciendo cosas importantes pero también tontas, no sea empañado por en fantasma de Tú no puedes, Tú no juegas, esto no es para ti. Por ejemplo: pensé que mis amigas y yo podríamos comprarnos unas playeras ñoñas con el logo para cuando vayamos al estreno, pero, ¡oh, sorpresa! Suburbia, quien las comercializa en México, sólo anuncia camisetas "Infantiles" y para "Caballero". Sutilezas que le recuerdan a una que no debería querer jugar a esto, que eso no es para una, sin reparar en la ironía de que ni siquiera las actrices de la película cuyo producto están vendiendo podrían "ponérselas".

Pero ja, claro que podemos ponérnoslas. Eso nunca nos ha detenido. Pregúntenle a todas las que en el pasado se vistieron de señor para poder ir a estudiar o a todas las que, en el presente, siguen ocultándose detrás de las siglas de su nombre para que la gente compre sus libros.

Comencé a escribir esto en Los Ángeles, después de ver la nueva Ghostbusters. Fui al cine yo sola, en sustitución de aquella cita que tendría a los 21 años en Nueva York. Me reí como loca, lloré un poquito cuando las chicas no-cruzaron-los-rayos y eché de menos a mis amigas, porque es, ante todo, una película, sí, palomera y limitada, pero rara y hermosa precisamente porque trata de la amistad genuina entre mujeres, algo que Hollywood, nuestras familias y prácticamente todo el sistema nos ha escamoteado desde siempre. No, no estudié "ciencias", pero sé que puedo contar con mis cómplices; no, no soy doctora en ciencias ocultas, pero escribo las historias de los monstruos que imagino y, cuando se puede, tengo muchas aventuras por el mundo gracias a mis pesquisas para una revista de cine (las últimas, justo de este viaje, ya son de mis favoritas):






No lo sabía, pero supongo que en el fondo esa niña también quería ser Harold Ramis o Michael J. Strasczinsky: los imaginantes de aquel mundo. He conocido más imaginantes que se parecen a mí: Helen Oyeyemi y Jane Austen o Verónica Murguía o Shirley Jackson. Sobre todo, estoy imaginando mis propios mundos, y soy muy feliz.


No, no soy la quinta cazafantasmas, pero vivo en un mundo en el que ya es posible, dentro del sueño lúcido que es toda película, que existan cuatro mujeres cazafantasmas. Pese a que el panorama no es todavía el mejor para todas, pese a que este es, quizá, un mero capricho, tengo que reconocer que sí: en un futuro así quería yo vivir. ¿Quién me acompaña al cine?

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